Director: Rodrigo Cortés
Intérprete: Ryan Reynolds
Web: http://www.experimentaburied.es/
En 1944, Alfred Hitchcock ideó un reto maléfico (más) en su carrera cinematográfica: encarcelar a varios personajes en un espacio limitado por el océano (un bote salvavidas) y dejarlos hacer(se). En el texto clásico que recoge las entrevistas entre ambos, el director británico le comentaba a François Truffaut que, si la mayor parte de las “películas psicológicas corrientes” (cito textualmente) se basaban en planos cortos y medios de sus protagonistas, por qué no proponerse lo mismo acotándoles los espacios, por qué no proponerse lo mismo abandonándoles en alta mar. De ese desafío formal nació “Náufragos”, un filme que abrió paso a atrevimientos de retales similares (“El ángel exterminador”, de Luis Buñuel).
Que el maestro inglés inunda la cabeza de Rodrigo Cortés se demuestra ya en los títulos de crédito; unos trazos amarillos desgarran la pantalla y evidencian la tradición postmoderna, ahí está Hitchcock pero además, de sus reflejos de dólares dorados, emerge la lúdica de tramas como los “Ocean's Eleven” de Lewis Milestone o “Charada” de Stanley Donen. Los que vimos el debut de Cortés, “Concursante” (2007), notamos que, bajo la supuesta artificiosidad de su producción, se escondía un cineasta comprometido con la industria y los retos formales. Eso parece que fue lo que le atrajo de un guión maldito (no se entiende que haya deambulado desapercibida por los despachos de las “majors”). El desafío creativo de maquinar una solución (equivalga solución a divertimento de gran público) a un texto ¡de suspense! en el que el protagonista ocupa todo el metraje dentro de una caja, parecía suficientemente interesante como para asumir el riesgo.
Y el riesgo arranca al apagarse los títulos de crédito: la oscuridad despierta a su inquilino a centellazos de luz. Es la cinta de Cortés un artilugio de artilugios; si Hitchcock utilizó un periódico abandonado en la mar para su “cameo” profesional de “Náufragos”, Cortés avanza su desarrollo sólo si un artefacto lo consiente: un mechero, una linterna, un “vecino” inesperado, un vídeo, un móvil... bastan en su labor de evitarle al espectador “flashbacks” y onirismos, y de engrandecer los usos de Cortés. Pocas ocasiones en el cine reciente una película se asemeja más a un enorme mecano, a una competición de castillos de naipes tele-dirigida, no tanto a que el público se asombre, estamos suficientemente condicionados como para no asombrarnos con nada, sino a conseguir que su trama discurra, carbure. En uno de los capítulos de “Alfred Hitchock presenta”, titulado “Breakdown” (1955), el cineasta contaba la historia de un hombre (Joseph Cotten) que, dado por muerto cuando, en realidad, se encuentra paralizado, se desespera por comunicarse con el exterior mediante su única extremidad móvil, un dedo de la mano. En su reescritura de mitos hitchcockianos también se apoya Cortés en el cuerpo de un actor (un impresionante Ryan Reynolds) que acciona con su musculatura las bisagras de su juguete mortuorio. Ahora son sus dedos, ahora su cabeza, ahora sus piernas. Extraordinario esfuerzo de un intérprete que remite a una estirpe de actores mediocres (Kevin McCarthy en “La invasión de los ladrones de cuerpos”, Victor Mature en “El beso de la muerte”) en el papel de su vida.
No se engañen, no hay intenciones políticas en el ataúd; con su trasfondo iraquí, el realizador homenajea a Hitchcock, de nuevo, mediante un “mccguffin”. No importaría que su caja de pino, nada se acopla mejor a una pantalla rectangular, estuviese enterrada en El Cairo, Ohio o las Hurdes: lo esencial es crear el tras-fondo de cultivo para que el “show” continúe. Con lo que Cortés actualiza al maestro, como ya lo hiciera la sobresaliente “Última llamada” de Joel Schumacher, es con la sabia utilización de nuestra tecnología circundante en pos del suspense. Escribía Richard Sennet en el esencial “La corrosión del carácter” que, mientras que nuestros abuelos amortajaban sus relaciones personales con un mínimo movimiento (mudarse de ciudad, extraviar un número de teléfono), nosotros acarreamos (internet, móvil) a las personas de nuestro alrededor, en pesadísima alforja, a lo largo de nuestro camino vital. Entonces, ¿tiene algún sentido un bote en el que montar un “ring” donde los personajes se machaquen? No. Simplemente, dele un celular a un hombre encerrado y, como buen celular, permita que éste último le putee siempre que haya (o no) cobertura, que haya (o no) contestador, que haya (o no) respuesta.
Que, en su epílogo, “Buried” nos conduzca a una trampa (más), no debería cabrearnos en mayor grado que si nos sorprendemos porque un trilero, quién lo iba a pensar, nos haya estafado nuestra pasta. Cortés (y puede que no se dedique a otra cosa durante el metraje) no se cansa de repetirnos, a través de un aliado imprevisto, a través un amor inalcanzable, a través un psicópata y sus chantajes, “os voy a engañar”. No me sean dignos, déjense meter mano y disfruten. De eso se trata. Hitchcock estaría, salvo por su deshonroso doble espejo final, orgulloso de su discípulo.
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domingo, 3 de octubre de 2010
viernes, 21 de agosto de 2009
SOBRE "EL CABO DEL MIEDO" (1991)
EL MAL REVISITADO
Spielberg regaló la oportunidad a Scorsese: “Marty, este proyecto tiene el potencial de un éxito comercial”, le vendió, “si sale bien, será tuyo el control sobre tus siguientes películas”. “Eso sí”, bromeó el director judío, “únicamente te lo pasaré si la familia sobrevive al final”. ¿Cuál era la propuesta y por qué Martin Scorsese llevaba un año rechazándola? La solución: un “remake” de “El cabo del terror” (1962), un suspense menor dirigido por J. Lee Thompson. En él, Gregory Peck interpreta a Sam Bowden, un abogado acechado por un psicópata, Max Cady (Robert Mitchum), que le culpa de haber testificado en su contra durante un juicio por el que pagó ocho años de su vida. Scorsese se negaba y se negaba, quizá pensando que no era el director adecuado para la revisitación de una cinta olvidada que jugaba, en términos muy obvios, a un antagonismo bien rodado pero poco profundo. No se imaginaba el cineasta que Robert De Niro ya había adoptado el proyecto. Con el ahínco de un buen amigo, el actor convenció a Scorsese y comenzaron a rodar en Florida “El cabo del miedo” casi solapándose al estreno de “Uno de los nuestros” (1990), esa obra maestra (y su inmediata colaboración anterior) que recorre la evolución de la mafia neoyorquina de los sesenta hasta los ochenta. Aún así, Scorsese no encontraba los acordes necesarios. Salvo De Niro, el resto de papeles estaba en el aire. Harrison Ford o Robert Redford como Sam Bowden, Resee Witherspoon o Jennifer Connelly como Danielle Bowden… y, lo peor, faltaba el tono general.
Hasta que llegó la respuesta. Con Jessica Lange, Juliette Lewis y Nick Nolte interpretando a la familia Bowden, el cineasta italoamericano vio la luz: rodar un cruce entre la asfixiante “La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955) y la obra de Hitchcock. De esta forma, los títulos de crédito se los encargaría a Saul Bass (“Psicosis”) y la BSO la ensamblaría Elmer Bernstein a partir del original de Bernard Herrman, el compositor habitual de Hitchcock, mezclados con cortes inéditos de otra banda sonora del maestro inglés, “Cortina rasgada”. Esta cópula de estilos sobre un lienzo inestable (la película original, un material sin pulir repleto de oportunidades), permitió a Scorsese ahondar en los personajes y aportar nuevos matices (aquí irrumpe Laughton) que transforman “El cabo del miedo” de un filme de suspense correcto a un espléndido largometraje moral que (de)muestra la corrupción humana, sus consecuencias (y cómo redimirse de ellas). Frente la dicotomía “bondad/maldad” de la obra del 62, el realizador plantea un mosaico de claroscuros: en este “Cabo del miedo” todos los personajes han sido tan embarrados con culpabilidades, traiciones, mentiras y perversiones que Scorsese declaró que hubo un momento que deseó que “Max los matara a todos”.
Y cuando el director pide algo sabe que su estrella sería capaz. Robert De Niro, como antes hizo en “Toro salvaje” o “Los intocables”, dedicó alma y cuerpo a Max Cady porque descubrió uno de los principales problemas de la anterior versión: Robert Mitchum, el malvado, poseía un físico claramente inferior al de Gregory Peck (Peck, ya lo canta Bob Dylan en “Brownsville girl”, era un gigante de 1,91 al lado de los 1,80 de Mitchum). Y con Nick Nolte esto se repetía. Por eso, pagó 5000 dólares para que le alterasen los dientes, utilizó un acento sureño irreconocible (Scorsese admitió que le producía una gran inquietud) y, sobre todo, se ejercitó hasta la extenuación. En los meses previos al rodaje, el actor ocupó su tiempo quemando grasa hasta tal punto que ésta se vio reducida al tres por ciento de su cuerpo. ¿Una locura? Puede. Su Max Cady, sobrehumano, malvado, vengativo, asesino y purgante permanece en la memoria de los espectadores de la misma manera que habita en Danielle, la hija de los Bowden. “Nunca hablamos de lo que pasó. Por lo menos, entre nosotros. Miedo, supongo, de que recordar su nombre o lo que hizo significase devolverle a nuestros sueños”.
Spielberg regaló la oportunidad a Scorsese: “Marty, este proyecto tiene el potencial de un éxito comercial”, le vendió, “si sale bien, será tuyo el control sobre tus siguientes películas”. “Eso sí”, bromeó el director judío, “únicamente te lo pasaré si la familia sobrevive al final”. ¿Cuál era la propuesta y por qué Martin Scorsese llevaba un año rechazándola? La solución: un “remake” de “El cabo del terror” (1962), un suspense menor dirigido por J. Lee Thompson. En él, Gregory Peck interpreta a Sam Bowden, un abogado acechado por un psicópata, Max Cady (Robert Mitchum), que le culpa de haber testificado en su contra durante un juicio por el que pagó ocho años de su vida. Scorsese se negaba y se negaba, quizá pensando que no era el director adecuado para la revisitación de una cinta olvidada que jugaba, en términos muy obvios, a un antagonismo bien rodado pero poco profundo. No se imaginaba el cineasta que Robert De Niro ya había adoptado el proyecto. Con el ahínco de un buen amigo, el actor convenció a Scorsese y comenzaron a rodar en Florida “El cabo del miedo” casi solapándose al estreno de “Uno de los nuestros” (1990), esa obra maestra (y su inmediata colaboración anterior) que recorre la evolución de la mafia neoyorquina de los sesenta hasta los ochenta. Aún así, Scorsese no encontraba los acordes necesarios. Salvo De Niro, el resto de papeles estaba en el aire. Harrison Ford o Robert Redford como Sam Bowden, Resee Witherspoon o Jennifer Connelly como Danielle Bowden… y, lo peor, faltaba el tono general.
Hasta que llegó la respuesta. Con Jessica Lange, Juliette Lewis y Nick Nolte interpretando a la familia Bowden, el cineasta italoamericano vio la luz: rodar un cruce entre la asfixiante “La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955) y la obra de Hitchcock. De esta forma, los títulos de crédito se los encargaría a Saul Bass (“Psicosis”) y la BSO la ensamblaría Elmer Bernstein a partir del original de Bernard Herrman, el compositor habitual de Hitchcock, mezclados con cortes inéditos de otra banda sonora del maestro inglés, “Cortina rasgada”. Esta cópula de estilos sobre un lienzo inestable (la película original, un material sin pulir repleto de oportunidades), permitió a Scorsese ahondar en los personajes y aportar nuevos matices (aquí irrumpe Laughton) que transforman “El cabo del miedo” de un filme de suspense correcto a un espléndido largometraje moral que (de)muestra la corrupción humana, sus consecuencias (y cómo redimirse de ellas). Frente la dicotomía “bondad/maldad” de la obra del 62, el realizador plantea un mosaico de claroscuros: en este “Cabo del miedo” todos los personajes han sido tan embarrados con culpabilidades, traiciones, mentiras y perversiones que Scorsese declaró que hubo un momento que deseó que “Max los matara a todos”.
Y cuando el director pide algo sabe que su estrella sería capaz. Robert De Niro, como antes hizo en “Toro salvaje” o “Los intocables”, dedicó alma y cuerpo a Max Cady porque descubrió uno de los principales problemas de la anterior versión: Robert Mitchum, el malvado, poseía un físico claramente inferior al de Gregory Peck (Peck, ya lo canta Bob Dylan en “Brownsville girl”, era un gigante de 1,91 al lado de los 1,80 de Mitchum). Y con Nick Nolte esto se repetía. Por eso, pagó 5000 dólares para que le alterasen los dientes, utilizó un acento sureño irreconocible (Scorsese admitió que le producía una gran inquietud) y, sobre todo, se ejercitó hasta la extenuación. En los meses previos al rodaje, el actor ocupó su tiempo quemando grasa hasta tal punto que ésta se vio reducida al tres por ciento de su cuerpo. ¿Una locura? Puede. Su Max Cady, sobrehumano, malvado, vengativo, asesino y purgante permanece en la memoria de los espectadores de la misma manera que habita en Danielle, la hija de los Bowden. “Nunca hablamos de lo que pasó. Por lo menos, entre nosotros. Miedo, supongo, de que recordar su nombre o lo que hizo significase devolverle a nuestros sueños”.
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