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sábado, 20 de febrero de 2010

EL HOMBRE LOBO

Director: Joe Johnston
Intérpretes: Benicio Del Toro, Anthony Hopkins, Emily Blunt
Web: http://www.elhombrelobo-lapelicula.es/



“Hombres lobo de Londres”, la canción de Warren Zevon, reúne a licántropos de pelo perfecto con la Reina, bajo la lluvia, cerca de un restaurante chino del Soho llamado “Lee Ho Fook”. Y entre los iconos “pop” de Zevon, la encarnación del monstruo: Lon Chaney, Jr.. Este actor estadounidense interpretó en “El hombre lobo” (1941) a Larry Talbot, un joven condenado por la mordedura de un licántropo. Más tarde, las apariciones del Chaney Jr. velludo junto a otras criaturas de terror de la Universal (“Frankenstein contra el hombre lobo”, “La mansión de Drácula”) propagaron, con esa artesanía en blanco y negro que refería al teatro de sombras, el imaginario rabioso incubado en la escritura primigenia de Curt Siodmark. Arranca entonces una tradición de hombres lobo que heredaría la Hammer inglesa (“La maldición del hombre lobo” de Terence Fisher) o el Waldemar Daninsky de Paul Naschy, para incrustarse en el inconsciente colectivo de las sucesivas generaciones “teen” (“Un hombre lobo americano en Londres” de John Landis o los “werewolves” metrosexuales de “Luna nueva”, dos muestras, dos décadas).

Joe Johnston no piensa en el pasado de la bestia, sino en la taquilla del próximo fin de semana. Después de una producción accidentada (hasta llegar a su versión actual, Universal paseó a “El hombre lobo” por varios realizadores, montadores y compositores), lo encomiable del director es que arma, superando daños colaterales, un correcto entretenimiento digital. No les engañen sus sustos conductistas, su BSO clásica de Danny Elfman o su “gore” setentero. El largometraje de Johnston se dedica al divertimento del XXI, el videojuego. Lógicamente, en los momentos que rozan algún tipo de trascendencia (bien en los gestos de un Benicio del Toro imposible como aristócrata inglés; bien en el dialogo epistolar en “off”), “El hombre lobo” se hunde.

Esta película no inspirará canciones de Warren Zevon, ni imaginarios “pop”, ni bizarradas de los Killer Barbies. Tampoco lo pretende. Si funcionan en taquilla sus sobresaltos manidos, sus dos o tres ideas cachondas (esa trastienda psicológica, esa Geraldine Chaplin de gitana), o su Anthony Hopkins (al estilo de “La marca del Zorro”), seguro que Hugo Weaving firmará un contrato suculento en la secuela.


Werewolves of London, dios Zevon al piano

domingo, 1 de marzo de 2009

CHE, GUERRILLA

Director: Steven Soderbergh
Intérpretes: Benicio Del Toro, Demian Bichir, Carlos Bardem
Web: http://www.cheguerrilla.es/



“Ché, el argentino”, primera de las dos entregas de Soderbergh y Del Toro sobre la vida de Ernesto Guevara, dejaba un sabor agridulce. Atrincherada entre su afán documental (el discurso del Ché a la ONU) y su vertiente épica, únicamente en su tercio final recuperaba algo de brío. “Guerrilla” se aprovecha de ese tirón (y también de una cierta curiosidad de descubrir cómo Soderbergh resuelve los últimos días del guerrillero).

El guión de Buchman y Van Der Veen, basado en el diario del Ché de su tiempo boliviano, obvia el extenso tramo de la existencia de Guevara durante el cual recorrió el mundo, se ocultó de la vida pública y retomó su alma guerrillera en el Congo. De manera deslavazada (un defecto constante en su desarrollo), “Guerrilla” comienza su historia con la carta del Ché que Fidel Castro lee (1965) con el objetivo de desmentir los rumores de posibles enfrentamientos entre ambos. En lugar de esbozar (al menos, podrían haberse esbozado) los orígenes de dichas luchas internas (parece ser que Guevara se acercó al comunismo chino, mientras que la política cubana se centraba en acuerdos con la URRS), Soderbergh nos lleva a la jungla de Bolivia donde el revolucionario trata de reclutar nativos para organizar una revuelta que derrocase a Barrientos.

Al igual que ocurría con “Ché, el Argentino”, esta segunda parte mantiene el interés cuando abandona la épica y entra en la intimidad, una cosa que ocurre demasiadas pocas veces en ciento treinta minutos. Sustituyendo escaramuzas, convivencias y disparos, hubiésemos agradecido que “Guerrilla” abriese más su campo hacia lo que realmente justifica una película: una buena narración. Aquello que Soderbergh da a entender y que merecería la pena desarrollar (el distanciamiento con Castro, la colaboración de USA con Barrientos) se eclipsa ante un continuo discurrir de escenas irrelevantes en la selva (en las que, además, hay que sufrir a Bardem, Jaenada o Mollá de latinos…). Ni siquiera el esfuerzo titánico de Del Toro (otra vez, soberbio, otra vez, huérfano de guión) nos recupera de otra decepción de la fallida “Guerrilla”. Todo el material épico, literario e íntimo (ese verdugo mínimo, Mario Terán) que la muerte del Ché puede regalar a un creador, se despacha en el filme de una forma tan atropellada, tan irrelevante, que uno sólo espera que alguien, en algún futuro, adopte las buenas intenciones de Soderbergh y Del Toro y ataque un biopic digno del Ché.

sábado, 6 de septiembre de 2008

CHE, EL ARGENTINO

Director: Steven Soderbergh
Intérpretes: Benicio Del Toro, Demián Bichir, Santiago Cabrera
Web: http://www.cheelargentino.com/



Cuando acabe la Revolución, voy a meterte en una jaula y llevarte alrededor de Cuba cobrando entrada. Seguro que me haré de oro”, bromea uno de los guerrilleros con el Ché (Benicio Del Toro). En los previos a la entrada al cine, la sensación es la de acomodarse para asistir al enésimo manoseo de la figura del revolucionario. El germen de ese, seguramente, prejuicio no se genera en el vacío: numeren las biografías y las películas; las camisetas y calzoncillos; los pósteres y las gorras; las referencias políticas y las referencias de bar, que han pasado por sus vidas. Ernesto Guevara aparece en nuestra educación consumidora a la par que la Coca-Cola o, ajustando la mira, John Lennon. En definitiva, penetramos en la sala desvirgados por el argentino de una u otra manera: quizá le consideremos un terrorista o un liberador de la patria, pero venimos aprendidos de casa.

Soderbergh, consciente de este proceso, deconstruye de forma metódica (y objetiva, comprueben el metraje clásico), la visita de Guevara a Nueva York en el invierno de 1964. Con su discurso frente a la ONU y su entrevista en la CBS, el director norteamericano homenajea en áspera monocromía a los documentalistas de los años sesenta (D.A. Pennenbaker o Murray Lerner) y aprovecha para recuperar algunas de las históricas intervenciones del Ché político. La veracidad del tramo en blanco y negro deja claro que esa suerte de resurrección de la carne revolucionaria nada sería sin Benicio Del Toro. Frente a la sobreactuación de Demián Bichir del, por otra parte, eternamente sobreactuado Fidel Castro, el actor puertorriqueño vampiriza al comandante gracias a un físico mimético y a una interpretación que se engrandece cuando Soderbergh la encuadra en los “impasses” de su verdadero documental falso.

En cambio, al trasladar la acción al “flashback”, a los tiempos de la revolución (1955-1958), y regresar el color a la pantalla, y regresar el guión de ficción, el proyecto de Soderbergh se tambalea. Con un escaso desarrollo dramático, las diversas escaramuzas de los combatientes en pos de recobrar la isla no interesan nada. Enrocada en un Ché de camiseta y no en un personaje con matices, la figura principal del filme pierde atractivo al descubrir que el esfuerzo titánico de Del Toro es lo único que la mantiene en pie. Así, la sucesión de discursos del Ché a sus hombres tras la conquista de otra villa tras una buena acción del comandante tras otro discurso del Ché, demuestran que “El argentino” no escapa nunca (repetimos; salvo en su vertiente “documental”) de la corrección insulsa de una biografía para televisión. Sólo su ágil tramo final, interrumpido abruptamente, da esperanzas de encontrar algo más en su segunda parte, “Guerrilla”, a estrenar estas navidades.