Director: Joseph Kosinski
Intérpretes: Garrett Hedlund, Jeff Bridges, Olivia Wilde
Web: http://disney.go.com/disneypictures/tron/
“Tron: legacy” pide de una atención cuidadosa: analizamos una película que, sin ser un “remake”, al mismo tiempo, lo es. Secuela de aquel éxito “Disneybizarro” de 1982 donde se proponía un universo electrónico que conducía sus comunicaciones a través de una red infinita, el nuevo filme no sólo se dedica darnos pistas sobre el paradero del científico Kevin Flynn (Jeff Bridges) y las pesquisas de su hijo (un pétreo Garrett Hedlund) para encontrarle. Obligado por la dependencia al estilo abrumador del original, han transcurrido veinte años desde su estreno, el largometraje se ve forzado a remozar su diseño, acercándolo a los dejes masivos del siglo XXI.
Uno no sabe qué es lo interesante del filme. ¿Merece más la pena focalizarse en las aventuras de un chiquillo y su padre enfrentados a un sistema rebelde que, a la vez, es el padre? O, probablemente, ¿no será de mayor provecho poner en contraposición las ambiciones formales de “Tron” y “Tron: legacy”? Si existía alguna duda ante este dilema, el guion en automático de Kitsis y Horowitz, rodado con mecánica frialdad por el debutante Joseph Kosinski, nos la descarta. El regreso a la tierra de las motos lumínicas repite los dejes del original. Por mucho que el tiempo lo haya mitificado, aquel “Tron” de Steven Lisberger no escapa a la anécdota, a ese “fíjate cómo éramos en los ochenta” que bastantes entonamos, observen lo mal que nos ha tratado la senectud, cuando nos recuerdan a las hombreras, a Wham! o a Ronald Reagan. Uno piensa que, con esta cinta, ocurrirá lo mismo al cabo, si me apuran, de dos o tres años. Desnaturalizada en sus referencias sexuales, ¿en qué se basa la relación pupila-maestro de Bridges y la estupenda Olivia Wilde?, y narrativas, un simple amontonamiento de escaramuzas sin fondo, la mirada del espectador se debería acercar más a la sociología que al análisis fílmico. “Tron: legacy” atrae a sus argumentos formales ochenteros (siempre “cool”, siempre de club gay) a las últimas tendencias petardas con el cuidado moral en albal que Disney exige. Ahí está el metrosexual (si es que no ha caducado), la meditación, las discotecas “techno” (incluso intervienen los “Daft Punk”), la comida macrobiótica, la loca “Ziggy Stardust” (un Michael Sheen desatado)…
Con esta película (y con la modernez mitificadora que tan rápido encumbra a Alaska como a Tamara), uno echa de menos los sudorosos, masculinos, cutres y tabaqueros “Recreativos Martínez” de Oviedo. Frente a la asepsia imbécil de “Tron: legacy”, allí se atropellaban los olores, el DYC, el mal rollo y la mediocridad, abstraídos todos ellos en el juego con un encanto especial, cuasinavideño.
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martes, 28 de diciembre de 2010
lunes, 8 de marzo de 2010
LOS HOMBRES QUE MIRABAN FIJAMENTE A LAS CABRAS
Director: Grant Heslov
Intérpretes: Ewan McGregor, George Clooney, Jeff Bridges
Web: http://www.themenwhostareatgoatsmovie.com/
“La inteligencia militar es una contradicción de términos”, afirmó Groucho Marx en el siglo XX. Ya en el XXI, Grant Heslow adapta a la pantalla un libro/reportaje del periodista Jon Ronson que bandea con otro término que repugna al militarismo: el hippismo. La historia oficial recoge la relación antitética de estos colectivos, en especial en EEUU durante los años de la guerra de Vietnam. Basten un par de muestras: los cuatro muertos a manos de la Guardia Nacional en la Universidad de Kent (1970) o la tensa calma de la marcha a Washington de 1967, que congregó a cerca de 100.000 personas. Curiosamente, una de las bizarradas de esta manifestación fue el intento de unos cuantos hippies de levitar el Pentágono “concentrándose” en el edificio. En esta línea de desmanes “new age”, tan adorables, tan propios de la época, Ronson relata la creación, a principios de los setenta, de una contradicción: un escuadrón militar “hippie” que basaba su ¿eficacia? en conceptos paranormales como la meditación trascendental, la energía “Jedi” y la transmisión mental. Y, al mando, aparece el soldado Bill Django (Jeff Bridges) quien, tras una experiencia traumática en Vietnam, propone al gobierno la investigación de “tácticas alternativas de combate” a partir de filosofías lisérgicas.
No esperen en “Los hombres que miraban…” la comedia que vende el tráiler. Su radio de acción se atrinchera entre la sátira política y el desacato “punk” al más puro estilo Coen. Reivindica el filme una amalgama de títulos: “Teléfono rojo” (Stanley Kubrick, 1964), “Tres reyes” (David O. Russell, 1999) o la reciente (y extraordinaria) “In the loop” (Armando Ianucci, 2009) se mezclan, en un pote postmoderno, con travesuras del carácter de “El gran Lebowski” (no es coincidencia que compartan protagonista) o “La guerra de las galaxias” (no es coincidencia que compartan protagonista).
La apuesta de Heslow no cae en saco roto. En su desvergüenza de arquetipos (George Clooney mimetizando al Bob Hope de “Camino a…”; Stephen Lang cachondeándose de su general perversísimo de “Avatar”), en su “what if” descontrolado, en su locura “toon” de Bagdad centro, “Los hombres que miraban fijamente a las cabras” se regodea como contradicción machacona, como “performance” de unos “Merry Pranksters” de uniforme, como plato para (muy) pocos gustos.
Intérpretes: Ewan McGregor, George Clooney, Jeff Bridges
Web: http://www.themenwhostareatgoatsmovie.com/
“La inteligencia militar es una contradicción de términos”, afirmó Groucho Marx en el siglo XX. Ya en el XXI, Grant Heslow adapta a la pantalla un libro/reportaje del periodista Jon Ronson que bandea con otro término que repugna al militarismo: el hippismo. La historia oficial recoge la relación antitética de estos colectivos, en especial en EEUU durante los años de la guerra de Vietnam. Basten un par de muestras: los cuatro muertos a manos de la Guardia Nacional en la Universidad de Kent (1970) o la tensa calma de la marcha a Washington de 1967, que congregó a cerca de 100.000 personas. Curiosamente, una de las bizarradas de esta manifestación fue el intento de unos cuantos hippies de levitar el Pentágono “concentrándose” en el edificio. En esta línea de desmanes “new age”, tan adorables, tan propios de la época, Ronson relata la creación, a principios de los setenta, de una contradicción: un escuadrón militar “hippie” que basaba su ¿eficacia? en conceptos paranormales como la meditación trascendental, la energía “Jedi” y la transmisión mental. Y, al mando, aparece el soldado Bill Django (Jeff Bridges) quien, tras una experiencia traumática en Vietnam, propone al gobierno la investigación de “tácticas alternativas de combate” a partir de filosofías lisérgicas.
No esperen en “Los hombres que miraban…” la comedia que vende el tráiler. Su radio de acción se atrinchera entre la sátira política y el desacato “punk” al más puro estilo Coen. Reivindica el filme una amalgama de títulos: “Teléfono rojo” (Stanley Kubrick, 1964), “Tres reyes” (David O. Russell, 1999) o la reciente (y extraordinaria) “In the loop” (Armando Ianucci, 2009) se mezclan, en un pote postmoderno, con travesuras del carácter de “El gran Lebowski” (no es coincidencia que compartan protagonista) o “La guerra de las galaxias” (no es coincidencia que compartan protagonista).
La apuesta de Heslow no cae en saco roto. En su desvergüenza de arquetipos (George Clooney mimetizando al Bob Hope de “Camino a…”; Stephen Lang cachondeándose de su general perversísimo de “Avatar”), en su “what if” descontrolado, en su locura “toon” de Bagdad centro, “Los hombres que miraban fijamente a las cabras” se regodea como contradicción machacona, como “performance” de unos “Merry Pranksters” de uniforme, como plato para (muy) pocos gustos.
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