Director: Mark Waters
Intérpretes: Jim Carrey, Carla Gugino, Clark Glegg
Web: http://www.lospinguinosdelsrpoper.es/
Veinticinco años después de sus actuaciones de “standup” y del “Saturday Night Live”, es un buen momento para resaltar los méritos de Jim Carrey, un actor que ha sido capaz de convivir con proyectos mainstream (“El grinch”, “Man on the moon”), de culto (‘Yo, yo mismo e Irene”, “Un loco a domicilio”, “Las chicas de la tierra son fáciles”) y que posee, al menos, un par de obras cumbre en su filmografía (“El show de Truman”, “Olvídate de mí”). La eterna cantinela con su sobreactuación no justifica ennoblecer los enormes méritos de un intérprete que acaba de cumplir todavía cuarenta y nueve años y parece dispuesto a seguir buscando retos.
Dicho esto, “Los pingüinos del Sr. Popper” cumple la labor alimenticia a la que cualquier actor hollywoodiense está obligado. Adaptación de un cuento infantil de Richard y Florence Atwater, Carrey da vida a un recién divorciado que encuentra sentido a su existencia cuidando a un grupo de pingüinos que han aparecido en su puerta. Sin ninguna pretensión, llaman la atención los pocos detalles de la película de Mark Waters que llaman la atención: quizá tan solo pequeñas concesiones al gamberrismo de Carrey como ese estupendo primer plano de su cara frotándose, en modo saludo, por toda la mano de una increíble Angela Lansbury. A medida que avanza el metraje, por la recurrencia de su estilo y el buenismo de sus planteamientos (ese rollo pastoso de arrejuntar de nuevo a unos divorciados), dedica uno el tiempo a pensar cuándo nos sorprenderá otra vez el bueno de Jim. Probablemente, cuando termine de pagar su mansión.
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sábado, 23 de julio de 2011
domingo, 15 de agosto de 2010
¡PHILLIP MORRIS, TE QUIERO!
Directores: Glenn Ficarra & John Requa
Intérpretes: Jim Carrey, Ewan McGregor, Leslie Mann
Aunque Ewan McGregor lo aparente de mejor manera, Jim Carrey y él siempre han sabido combinar los franquiciados hollywoodienses (“Star wars” o “La isla”; “Ace Ventura” o “Batman forever”) con proyectos arriesgados (“El escritor” o “El sueño de Casandra”; “Olvídate de mí” o “Un loco a domicilio”). La historia real de Steven Russell (Carrey) y su vida en fuga y sus sucesivas reclusiones en la cárcel y su amor loco por su compañero de celda Phillip Morris (McGregor), se plantea como una oportunidad espléndida para compartir cartel y para que el personal, ensimismadísimo, se pregunte “¿Eh? ¿Obi Wan y el Grinch, morreándose con lengua?”. Los directores John Requa y Glenn Ficarra controlan esa maldad que descoloca al espectador incauto; en “Bad Santa” y “Una pandilla de pelotas” desterraban a dos figuras paternales e impolutas (Papá Noel y el típico entrenador de equipo de perdedores) a los terrenos miserables del híper-individualismo norteamericano.
También “Phillip Morris, te quiero” demuestra las alturas y las bajuras del sueño americano. Dentro del onirismo instalado en USA, cualquier mostrenco es capaz de conseguir (casi) cualquier cosa si representa bien al personaje que el público espera. Podrá integrar su sexualidad “rara”, escapar de la cárcel, escalar a puestos directivos... Justamente ése es el currículum de Steven Russell y, he aquí lo tenebroso del “american dream”, por él está cumpliendo una condena de 144 años en una celda de alta seguridad. Pero la vertiente eficaz de “Phillip Morris, te quiero” no es la de denuncia. Funciona el filme cuando carbura como un cuento de los Coen. Su arranque, con ese niño jugando a ver nubes con forma de pene o la construcción de una máscara que oculte su condición sexual, primero, y su condición profesional, después, proporcionan una entidad al conjunto que justifica su visionado. Capítulo aparte, no nos permite el márketing obviarlo, merecen los actores protagonistas. Ellos se cargan (en esencia, Carrey) con el peso de la cinta. Aún en desigualdad de condiciones por esa vis cómica que chorrea el canadiense y que barniza al escocés, se justifica el detenerse en sus elevados méritos. No debe ser fácil tirar de una película cercenada (a medio camino se notan algunas irregularidades de edición, quizá forzadas por las inestables condiciones de producción del filme); arriesgada para un actor “mainstream” (McGregor, un intérprete asociado al arquetipo del héroe, se atreve hasta con una felación); y, qué poco gay, que no se decide por su mejor lado.
Porque los directores desmerecen a su largometraje cuando quieren ser los Coen y Gus Van Sant al mismo tiempo. La liviandad del conjunto no se corresponde con sus intenciones en el epílogo y, por supuesto, éste último es el que más chirría. El contraste del resto con el capítulo final (un “protest short film”), difumina el retrato gozoso de “great pretender” que Carrey lleva a cabo y convierten a “¡Phillip Morris, te quiero!” en un todo incompleto. Dan ganas de preguntarles a Requa y a Ficarra por qué, ya puestos a denunciar desde el principio la situación de los gays en Norteamérica, no entran a saco con las condiciones de vida en las, ideales en la película, prisiones norteamericanas, o con los movimientos religiosos que les consideran, directamente, abominables. No se puede sera la vez “Antes que anochezca” y la versión “queer” de “Atrápame si puedes”. A veces, hay que decidirse y, si nos ponemos a escoger, el que escribe ésto prefiere la segunda opción.
Intérpretes: Jim Carrey, Ewan McGregor, Leslie Mann
Aunque Ewan McGregor lo aparente de mejor manera, Jim Carrey y él siempre han sabido combinar los franquiciados hollywoodienses (“Star wars” o “La isla”; “Ace Ventura” o “Batman forever”) con proyectos arriesgados (“El escritor” o “El sueño de Casandra”; “Olvídate de mí” o “Un loco a domicilio”). La historia real de Steven Russell (Carrey) y su vida en fuga y sus sucesivas reclusiones en la cárcel y su amor loco por su compañero de celda Phillip Morris (McGregor), se plantea como una oportunidad espléndida para compartir cartel y para que el personal, ensimismadísimo, se pregunte “¿Eh? ¿Obi Wan y el Grinch, morreándose con lengua?”. Los directores John Requa y Glenn Ficarra controlan esa maldad que descoloca al espectador incauto; en “Bad Santa” y “Una pandilla de pelotas” desterraban a dos figuras paternales e impolutas (Papá Noel y el típico entrenador de equipo de perdedores) a los terrenos miserables del híper-individualismo norteamericano.
También “Phillip Morris, te quiero” demuestra las alturas y las bajuras del sueño americano. Dentro del onirismo instalado en USA, cualquier mostrenco es capaz de conseguir (casi) cualquier cosa si representa bien al personaje que el público espera. Podrá integrar su sexualidad “rara”, escapar de la cárcel, escalar a puestos directivos... Justamente ése es el currículum de Steven Russell y, he aquí lo tenebroso del “american dream”, por él está cumpliendo una condena de 144 años en una celda de alta seguridad. Pero la vertiente eficaz de “Phillip Morris, te quiero” no es la de denuncia. Funciona el filme cuando carbura como un cuento de los Coen. Su arranque, con ese niño jugando a ver nubes con forma de pene o la construcción de una máscara que oculte su condición sexual, primero, y su condición profesional, después, proporcionan una entidad al conjunto que justifica su visionado. Capítulo aparte, no nos permite el márketing obviarlo, merecen los actores protagonistas. Ellos se cargan (en esencia, Carrey) con el peso de la cinta. Aún en desigualdad de condiciones por esa vis cómica que chorrea el canadiense y que barniza al escocés, se justifica el detenerse en sus elevados méritos. No debe ser fácil tirar de una película cercenada (a medio camino se notan algunas irregularidades de edición, quizá forzadas por las inestables condiciones de producción del filme); arriesgada para un actor “mainstream” (McGregor, un intérprete asociado al arquetipo del héroe, se atreve hasta con una felación); y, qué poco gay, que no se decide por su mejor lado.
Porque los directores desmerecen a su largometraje cuando quieren ser los Coen y Gus Van Sant al mismo tiempo. La liviandad del conjunto no se corresponde con sus intenciones en el epílogo y, por supuesto, éste último es el que más chirría. El contraste del resto con el capítulo final (un “protest short film”), difumina el retrato gozoso de “great pretender” que Carrey lleva a cabo y convierten a “¡Phillip Morris, te quiero!” en un todo incompleto. Dan ganas de preguntarles a Requa y a Ficarra por qué, ya puestos a denunciar desde el principio la situación de los gays en Norteamérica, no entran a saco con las condiciones de vida en las, ideales en la película, prisiones norteamericanas, o con los movimientos religiosos que les consideran, directamente, abominables. No se puede sera la vez “Antes que anochezca” y la versión “queer” de “Atrápame si puedes”. A veces, hay que decidirse y, si nos ponemos a escoger, el que escribe ésto prefiere la segunda opción.
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sábado, 14 de noviembre de 2009
CUENTO DE NAVIDAD
Director: Robert Zemeckis
Web: http://www.disney.com/christmascarol/
Justo en el cambio de siglo, el director Robert Zemeckis decidió abandonar el cine de acción real. Desde “Locos por ellos” (un recorrido nostálgico por una parte de la historia norteamericana sólo comparable a “American Graffitti”), sus películas se regían por el “craftmanship” de la industria hollywoodiense clásica (léase, por ejemplo, Richard Fleischer): productos muy bien terminados, muy entretenidos y, aquí el truco, obsesionados por emocionar en cada plano (bien a través de la novelesca, “Tras el corazón verde”, “¿Quién engaño a Roger Rabbit”, “Regreso al futuro”; o del drama ligero, “Forrest Gump”, “Contact”, “Náufrago”).
Tratando de expandir los límites de su cine (y sospechamos que con la intención mesiánica de expandir los del Cine), la segunda etapa de la obra de Zemeckis se centra en rodar películas de acción digital (el físico de los actores es monitorizado y posteriormente digitalizado). Mediante una tecnología en ciernes, el cineasta levanta “Polar Express”, un filme desprovisto por el píxel de esa emoción, de ese encanto que rebosaba su producción previa. Aún mejorando la técnica y con un guión adulto, “Beouwolf” tropieza en la misma piedra: el trabajo de sus intérpretes (lo suponemos titánico) no se sobrepone a una frialdad autoimpuesta por la opción formal de Zemeckis.
“Un cuento de Navidad” continúa la aventura digital del director y presenta, a falta de una técnica depurada, similares problemas. Si obviamos la innegable laboriosidad de la estupenda versión 3D, uno aprecia lo mucho que el “cómo” puede enturbiar el “qué”. Con el magnifico (y manoseado) cuento de Dickens ocurre esto: la fábula (y, por tanto, la moraleja) de ese anciano miserable se oscurece tras la enormidad del artificio de la producción Disney. Ni un excesivo Jim Carrey, perdido entre capas y capas digitales, entre papeles y más papeles, es capaz de que nos atrape la esencia del cuento, aquello por lo que el escritor británico peleaba: su enseñanza moral. Definitivamente, con menos medios y con igual objetivo (reinterpetar “Un cuento de Navidad”), preferimos “Los fantasmas atacan al jefe” (Richard Donner, 1988).
Web: http://www.disney.com/christmascarol/
Justo en el cambio de siglo, el director Robert Zemeckis decidió abandonar el cine de acción real. Desde “Locos por ellos” (un recorrido nostálgico por una parte de la historia norteamericana sólo comparable a “American Graffitti”), sus películas se regían por el “craftmanship” de la industria hollywoodiense clásica (léase, por ejemplo, Richard Fleischer): productos muy bien terminados, muy entretenidos y, aquí el truco, obsesionados por emocionar en cada plano (bien a través de la novelesca, “Tras el corazón verde”, “¿Quién engaño a Roger Rabbit”, “Regreso al futuro”; o del drama ligero, “Forrest Gump”, “Contact”, “Náufrago”).
Tratando de expandir los límites de su cine (y sospechamos que con la intención mesiánica de expandir los del Cine), la segunda etapa de la obra de Zemeckis se centra en rodar películas de acción digital (el físico de los actores es monitorizado y posteriormente digitalizado). Mediante una tecnología en ciernes, el cineasta levanta “Polar Express”, un filme desprovisto por el píxel de esa emoción, de ese encanto que rebosaba su producción previa. Aún mejorando la técnica y con un guión adulto, “Beouwolf” tropieza en la misma piedra: el trabajo de sus intérpretes (lo suponemos titánico) no se sobrepone a una frialdad autoimpuesta por la opción formal de Zemeckis.
“Un cuento de Navidad” continúa la aventura digital del director y presenta, a falta de una técnica depurada, similares problemas. Si obviamos la innegable laboriosidad de la estupenda versión 3D, uno aprecia lo mucho que el “cómo” puede enturbiar el “qué”. Con el magnifico (y manoseado) cuento de Dickens ocurre esto: la fábula (y, por tanto, la moraleja) de ese anciano miserable se oscurece tras la enormidad del artificio de la producción Disney. Ni un excesivo Jim Carrey, perdido entre capas y capas digitales, entre papeles y más papeles, es capaz de que nos atrape la esencia del cuento, aquello por lo que el escritor británico peleaba: su enseñanza moral. Definitivamente, con menos medios y con igual objetivo (reinterpetar “Un cuento de Navidad”), preferimos “Los fantasmas atacan al jefe” (Richard Donner, 1988).
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