Director: Nanni Moretti
Intérpretes: Michel Piccoli, Nanni Moretti, Margherita Buy
Web: http://www.habemuspapam.it/
Nanni Moretti es un experto en destruir expectativas. Sus proyectos de mayor repercusión internacional le catalogaron entre el público como un sucedáneo italiano de Woody Allen, pero los paralelos con el director neoyorquino no sirven más que para una aproximación superficial a su figura. Continuador de sí mismo (“Abril”), explorador de géneros (“La habitación del hijo”) o indignado con Berlusconi (“Il Caimano”), Moretti no ha parado en estos últimos años de (re)buscar nuevos retos a su cine. A priori, con “Habemus papam” se esperaba una comedia crítica de un izquierdista en la corte de un Papa que no acepta su condición divina.
Nada es predecible en el mundo de este cineasta. Enfocada como una fábula amable (y, a ratos, muy profunda) sobre los papeles que nos obliga a asumir la vida, el filme hace filosofía y ejemplifica su teoría con un caso extremo: el de un anciano (Michel Piccoli) al que los azares le colocan al frente de una de las organizaciones más antiguas del planeta. Planeada en dos líneas argumentales, una menos potente y centrada en el psicoanalista que trata de arreglar las ansiedades del pontífice; y otra deslumbrante que espía al Papa en su divagar romano, “Habemus Papam” es una consecuencia lógica de alguien que se hace muchas preguntas y sabe responderlas con inteligencia. Capado de sus teorías freudianas (a su Santidad no se le puede preguntar por su madre, ¡faltaría!) y, por tanto, incapaz de encontrar motivaciones subconscientes al comportamiento de su paciente, al psicólogo protagonista solo se le permite una terapia en ese asilo multicultural que es el Vaticano: un partido de voleibol eterno que parece la única forma de organizar una existencia pacifica entre cardenales. Eso sí, en esta subtrama se echa de menos a la mala leche del Moretti de “Il Caimano”, especialmente al mezclar psicoanálisis y religión, un terreno abonado al humor.
Aunque todo se perdona con el Sumo Pontífice, (casi) integrado en una compañía teatral, que asume su condición de Sumo Actor ante su pueblo y que empuja, con ternura y descreimiento, la principal cuestión del largometraje. Aceptar o no aceptar el papel que Dios nos da, se repite Moretti en su imprescindible “Habemus Papam”.
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lunes, 7 de noviembre de 2011
sábado, 21 de junio de 2008
CAOS CALMO
Director: Antonello Grimaldi
Intérpretes: Nanni Moretti, Valeria Golino, Alessandro Gassman
Arranca “Caos calmo” como lo hizo “Match Point” de Woody Allen: con un partido de tenis (playa). La pelota se mueve de lado a lado y Pietro Paladini (Moretti) divisa a una bañista ahogándose. Raudo, junto a su hermano Carlo (Alessandro Gassman), consigue salvarla. Mientras tanto, en ese tiempo que ocupó rescatando a la chica, su mujer sufre un accidente fatal delante de su hija de ocho años. Ya entonces, tras dos escenas desde los créditos, se perfila de qué va a hablar Grimaldi en su película: la culpa. Encallado en un trastorno obsesivo-compulsivo, el viudo se dedicará a habitar el parque de enfrente del colegio de su niña para, en un intento irracional de control de azares (incontrolables), estar ahí siempre que ella lo necesite.
De partida, la propuesta es irreprochable. Y lo es porque sigue, alargada sombra, los designios del cine de Nanni Moretti. Por mucho que el filme se base en una novela de Sandro Veronesi, la presencia desbordante de Moretti (y de su forma de enfocar la existencia) modula momentos inolvidables (“¿qué aerolíneas he cogido en mi vida?”; aparición de Polanski), devolviendo a la memoria esas dos obras maestras tituladas “Caro diario” y “Abril”. Sobre el Giovanni de “La habitación del hijo” (y sus limitaciones como actor), el italiano crea un personaje ensimismado por la culpa que sólo acaba afrontando su vida gracias a una metáfora vital de su pipiola: los palíndromos (obtener distinta panorámica de un mismo hecho). Únicamente se puede renegar de “Caos calmo” cuando abandona el “laissez faire” de Moretti y se enquista en vicios de galería (BSO mal conceptualizada; escena de sexo impresentable), probablemente por su carácter de obra a dos manos. Dentro de un conjunto impecable estas irregularidades chocan aún más, aupando lo que de Moretti hay en “Caos calmo” y hundiendo lo que de Moretti no hay en “Caos calmo”.
Intérpretes: Nanni Moretti, Valeria Golino, Alessandro Gassman
Arranca “Caos calmo” como lo hizo “Match Point” de Woody Allen: con un partido de tenis (playa). La pelota se mueve de lado a lado y Pietro Paladini (Moretti) divisa a una bañista ahogándose. Raudo, junto a su hermano Carlo (Alessandro Gassman), consigue salvarla. Mientras tanto, en ese tiempo que ocupó rescatando a la chica, su mujer sufre un accidente fatal delante de su hija de ocho años. Ya entonces, tras dos escenas desde los créditos, se perfila de qué va a hablar Grimaldi en su película: la culpa. Encallado en un trastorno obsesivo-compulsivo, el viudo se dedicará a habitar el parque de enfrente del colegio de su niña para, en un intento irracional de control de azares (incontrolables), estar ahí siempre que ella lo necesite.
De partida, la propuesta es irreprochable. Y lo es porque sigue, alargada sombra, los designios del cine de Nanni Moretti. Por mucho que el filme se base en una novela de Sandro Veronesi, la presencia desbordante de Moretti (y de su forma de enfocar la existencia) modula momentos inolvidables (“¿qué aerolíneas he cogido en mi vida?”; aparición de Polanski), devolviendo a la memoria esas dos obras maestras tituladas “Caro diario” y “Abril”. Sobre el Giovanni de “La habitación del hijo” (y sus limitaciones como actor), el italiano crea un personaje ensimismado por la culpa que sólo acaba afrontando su vida gracias a una metáfora vital de su pipiola: los palíndromos (obtener distinta panorámica de un mismo hecho). Únicamente se puede renegar de “Caos calmo” cuando abandona el “laissez faire” de Moretti y se enquista en vicios de galería (BSO mal conceptualizada; escena de sexo impresentable), probablemente por su carácter de obra a dos manos. Dentro de un conjunto impecable estas irregularidades chocan aún más, aupando lo que de Moretti hay en “Caos calmo” y hundiendo lo que de Moretti no hay en “Caos calmo”.
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