Director: François Ozon
Intérpretes: Catherine Deneuve, Gerard Depardieu, Fabrice Luchini
Web: http://www.potichelefilm.fr/
En la última época, el director francés François Ozon vive bastante atareado. A lo largo de estos dos años ha estrenado ¡tres! películas afortunadísimas, no sólo por el riesgo que acarrean, al mutar con descaro discursos y géneros, sino porque el terceto parece haber salido victorioso de semejante (y peligroso) ajetreo. Hablamos de “Angel” (2007), drama victoriano “á la british”, “Ricky” (2009), notable fábula sobre un bebé alado, y “Mi refugio” (2009), respuesta sombría a la anterior. Uno no puede más que asociar a Ozon (esta afirmación no trata de emparejarlos por su sexualidad, o sí) a una querencia similar, la de Todd Haynes, director norteamericano obsesionado por transitar formalidades y narrativas cruzadas (el biopic musical con “I’m not there”o el experimento “sirkiano” con “Lejos del cielo”) en una búsqueda creativa que engrandece su cine.
“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, avisaba Alain Delon a Burt Lancaster en “El gatopardo”. Ésa es la filosofía que planea alrededor del nuevo largometraje de Ozon, “Potiche”, extraña y familiar (casi) a partes iguales al resto de sus películas. Basada en una obra teatral de Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, se refieren los autores con el título a una vasija de porcelana que se utiliza como elemento decorativo, un contenedor vacío y bello a un tiempo. Eso es Suzanne Pujol (Catherine Deneuve), la esposa-florero de un empresario de éxito (Fabrice Luchini). Cuando en la fábrica de su marido, los trabajadores se ponen en huelga, ella toma las riendas y se enfrenta al día a día con triunfos inesperados. Ambientada en los 70, el cineasta galo trata de tirar una intersección entre las “sex comedies” (esos filmes de equívocos amorosos protagonizados por Doris Day y Rock Hudson), las “trash comedies” de John Waters y la comedia francesa comercial de Francis Veber (“El juego de los idiotas”, “Salir del armario”). Apoyado en su “queen” Catherine Deneuve y en un automático Depardieu, la cinta se afianza en algunos de los valores de Ozon: su sólida creencia (también almodovariana) en una “mujer fuerte, salvadora y asexual” (un arquetipo más contradictorio de lo que “Potiche” lo pinta; no olviden a Thacher, Pallin o Imelda Marcos); su fascinación de Ozon por lo “kitsch” y el musical (una escena de baile entre Depardieu y la diva lo prueba); y su aceptable agilidad en unos amables planteamientos cómicos. Cierto que sus hallazgos son desiguales (ese burdo recurso de la pantalla que cambia de tamaño desvirtúa otros artificios visuales o algún deje a su anterior y negativa “8 mujeres”), pero permanece la sensación de que “Potiche” se une a la lista de proyectos que salen adelante con un mérito añadido: la sana afición de los verdaderos autores a no acomodarse, a meterse en líos, incluso en aquellos que implican a uno de los iconos del cine francés descubriendo la ¿bucólica? cópula de dos conejos.
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domingo, 27 de marzo de 2011
domingo, 24 de enero de 2010
RICKY
Director: François Ozon
Intérpretes: Alexandra Lemy, Sergi López, Marylin Eve
Web: http://www.rickylefilm.com/
François Ozon propone una irrupción mágica en su décima película: al bebé de una pareja de los suburbios (Alexandra Lemy y Sergi López) le crecen alas. En una realidad propia de cineastas sociales (Loach, un cierto Tavernier o León de Aranoa), el director francés incluye un elemento que se eleva del día a día de las cadenas de montaje, de los portales ajados de “graffiti” o de la paradoja de que sea tu niña la que te despierte de la depresión para ir a trabajar.
Sin embargo, a medida que avanza el filme, descubrimos que el discurso de “Ricky” no es de denuncia social sino que busca revolver los cajones de esa entidad informe y contradictoria llamada “familia de clase media”. La adaptación a nuevos miembros (el chiquillo volador, un chiquillo, al cabo; y el personaje de Sergi López) o la respuesta ante lo sobrenatural (algo desdibujada por elipsis arriesgadísimas) conviven con momentos íntimos y rutinarios que ayudan a Ozon a arrimar a ese conglomerado de cuatro seres diferentes (y chocantes) hacia el espectador.
Se valora el tiento del francés en los instantes más delicados de la película.
Cuando le veíamos próximo al Spielberg de “E.T.” (esa escena en el supermercado), Ozon da un giro inesperado y recupera sus (buenas) intenciones previas. Combina entonces, con habilidad de fabulador, las consecuencias del nacimiento de un “freak” insólito con las consecuencias del nacimiento de cualquier bebé (aquí se le agradece que se recree en los detalles, en los pañales rebosantes de mierda, en el cuidado de unas alas raspadas, en los celos de su hermana mayor). Su epílogo, ese de bautismo suicida que termina siendo detenido, como el cuchillo de Abraham, por un ángel, da pie a un horizonte y cierra un digno metraje.
Intérpretes: Alexandra Lemy, Sergi López, Marylin Eve
Web: http://www.rickylefilm.com/
François Ozon propone una irrupción mágica en su décima película: al bebé de una pareja de los suburbios (Alexandra Lemy y Sergi López) le crecen alas. En una realidad propia de cineastas sociales (Loach, un cierto Tavernier o León de Aranoa), el director francés incluye un elemento que se eleva del día a día de las cadenas de montaje, de los portales ajados de “graffiti” o de la paradoja de que sea tu niña la que te despierte de la depresión para ir a trabajar.
Sin embargo, a medida que avanza el filme, descubrimos que el discurso de “Ricky” no es de denuncia social sino que busca revolver los cajones de esa entidad informe y contradictoria llamada “familia de clase media”. La adaptación a nuevos miembros (el chiquillo volador, un chiquillo, al cabo; y el personaje de Sergi López) o la respuesta ante lo sobrenatural (algo desdibujada por elipsis arriesgadísimas) conviven con momentos íntimos y rutinarios que ayudan a Ozon a arrimar a ese conglomerado de cuatro seres diferentes (y chocantes) hacia el espectador.
Se valora el tiento del francés en los instantes más delicados de la película.
Cuando le veíamos próximo al Spielberg de “E.T.” (esa escena en el supermercado), Ozon da un giro inesperado y recupera sus (buenas) intenciones previas. Combina entonces, con habilidad de fabulador, las consecuencias del nacimiento de un “freak” insólito con las consecuencias del nacimiento de cualquier bebé (aquí se le agradece que se recree en los detalles, en los pañales rebosantes de mierda, en el cuidado de unas alas raspadas, en los celos de su hermana mayor). Su epílogo, ese de bautismo suicida que termina siendo detenido, como el cuchillo de Abraham, por un ángel, da pie a un horizonte y cierra un digno metraje.
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