Director: François Ozon
Intérpretes: Alexandra Lemy, Sergi López, Marylin Eve
Web: http://www.rickylefilm.com/
François Ozon propone una irrupción mágica en su décima película: al bebé de una pareja de los suburbios (Alexandra Lemy y Sergi López) le crecen alas. En una realidad propia de cineastas sociales (Loach, un cierto Tavernier o León de Aranoa), el director francés incluye un elemento que se eleva del día a día de las cadenas de montaje, de los portales ajados de “graffiti” o de la paradoja de que sea tu niña la que te despierte de la depresión para ir a trabajar.
Sin embargo, a medida que avanza el filme, descubrimos que el discurso de “Ricky” no es de denuncia social sino que busca revolver los cajones de esa entidad informe y contradictoria llamada “familia de clase media”. La adaptación a nuevos miembros (el chiquillo volador, un chiquillo, al cabo; y el personaje de Sergi López) o la respuesta ante lo sobrenatural (algo desdibujada por elipsis arriesgadísimas) conviven con momentos íntimos y rutinarios que ayudan a Ozon a arrimar a ese conglomerado de cuatro seres diferentes (y chocantes) hacia el espectador.
Se valora el tiento del francés en los instantes más delicados de la película.
Cuando le veíamos próximo al Spielberg de “E.T.” (esa escena en el supermercado), Ozon da un giro inesperado y recupera sus (buenas) intenciones previas. Combina entonces, con habilidad de fabulador, las consecuencias del nacimiento de un “freak” insólito con las consecuencias del nacimiento de cualquier bebé (aquí se le agradece que se recree en los detalles, en los pañales rebosantes de mierda, en el cuidado de unas alas raspadas, en los celos de su hermana mayor). Su epílogo, ese de bautismo suicida que termina siendo detenido, como el cuchillo de Abraham, por un ángel, da pie a un horizonte y cierra un digno metraje.
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domingo, 24 de enero de 2010
lunes, 31 de agosto de 2009
MAPA DE LOS SONIDOS DE TOKYO
Directora: Isabel Coixet
Intérpretes: Sergi López, Rinko Kikuchi
Web: http://www.mapofthesoundsoftokyo.com/
El cine de Isabel Coixet (sí, ya hay algo con ese nombre tras veinte años) se revuelve entre contradicciones. Nunca ha evitado la realizadora su compromiso con contar historias y eso es lo que ensalza su producción. “Cosas que nunca te dije”, “Mi vida sin mí” y “Elegy” continúan en la terna de sus trabajos reseñables. Ahora bien, en el momento que decide que debe mediar el artificio en la emoción, incluso su mejor producción se resiente. “A los que aman” y “La vida secreta de las palabras”, paroxismos de la herencia publicitaria de la realizadora, mudan su texto en eslogan musical, sus colores en contraposiciones cromáticas “á la Álmodovar”, y sus escenas en discursos silentes muy, muy largos (y muy, muy incoherentes).
“Mapa de los sonidos de Tokyo” resumiría los vicios y las virtudes de Coixet. En esencia, a una asesina japonesa se le encarga eliminar a un español del que acaba enamorándose. Entonces gusta la película. Gusta cuando dedica su tiempo a la antropología y a la psicología: la transferencia de un ser desaparecido (una suicida, aquí) a una persona vacía (como nuestra protagonista, como Freud en su silla), y la venganza de un padre a través de un Tokyo bizarro, inesperado, “camp”, delicado, marciano.
A “Mapa de los sonidos de Tokyo” le ocurre como a un sencillo grano de maíz convertido en palomita iluminada por el microondas industrial de un multicine atiborrado de color. Como si se tratase de un asunto de vida o muerte, deforma Coixet las motivaciones de sus personajes con diseño, publicidad y artificio. En su reiteración, las escenas de sexo (un trasunto que se devalúa de Bertolucci a Lynne) escribirían la síntesis de excesos generales: una voz en off injustificada que retira el sentido al narrador; o un epílogo (con línea final embarazosa incluida) que no haría justicia a Corín Tellado.
Sólo dejando la sala atrás y repensando “Mapa de los sonidos de Tokyo”, extirpándole sus capas sobrantes, hallamos la fuerza de la directora catalana. Sabe Coixet arrancar ideas (y adaptarlas, vean “Elegy”); dirigir actores (López está a la altura de un grande) y componer caracteres interesantes. Para redondear un filme, le faltaría a Coixet escuchar a Leonard Cohen en “Anthem” (“Hay una grieta en todo/ así es como entra la luz”). Comprendería que no es necesario abrir grietas, sino descubrirlas. De ahí entra la luz.
Intérpretes: Sergi López, Rinko Kikuchi
Web: http://www.mapofthesoundsoftokyo.com/
El cine de Isabel Coixet (sí, ya hay algo con ese nombre tras veinte años) se revuelve entre contradicciones. Nunca ha evitado la realizadora su compromiso con contar historias y eso es lo que ensalza su producción. “Cosas que nunca te dije”, “Mi vida sin mí” y “Elegy” continúan en la terna de sus trabajos reseñables. Ahora bien, en el momento que decide que debe mediar el artificio en la emoción, incluso su mejor producción se resiente. “A los que aman” y “La vida secreta de las palabras”, paroxismos de la herencia publicitaria de la realizadora, mudan su texto en eslogan musical, sus colores en contraposiciones cromáticas “á la Álmodovar”, y sus escenas en discursos silentes muy, muy largos (y muy, muy incoherentes).
“Mapa de los sonidos de Tokyo” resumiría los vicios y las virtudes de Coixet. En esencia, a una asesina japonesa se le encarga eliminar a un español del que acaba enamorándose. Entonces gusta la película. Gusta cuando dedica su tiempo a la antropología y a la psicología: la transferencia de un ser desaparecido (una suicida, aquí) a una persona vacía (como nuestra protagonista, como Freud en su silla), y la venganza de un padre a través de un Tokyo bizarro, inesperado, “camp”, delicado, marciano.
A “Mapa de los sonidos de Tokyo” le ocurre como a un sencillo grano de maíz convertido en palomita iluminada por el microondas industrial de un multicine atiborrado de color. Como si se tratase de un asunto de vida o muerte, deforma Coixet las motivaciones de sus personajes con diseño, publicidad y artificio. En su reiteración, las escenas de sexo (un trasunto que se devalúa de Bertolucci a Lynne) escribirían la síntesis de excesos generales: una voz en off injustificada que retira el sentido al narrador; o un epílogo (con línea final embarazosa incluida) que no haría justicia a Corín Tellado.
Sólo dejando la sala atrás y repensando “Mapa de los sonidos de Tokyo”, extirpándole sus capas sobrantes, hallamos la fuerza de la directora catalana. Sabe Coixet arrancar ideas (y adaptarlas, vean “Elegy”); dirigir actores (López está a la altura de un grande) y componer caracteres interesantes. Para redondear un filme, le faltaría a Coixet escuchar a Leonard Cohen en “Anthem” (“Hay una grieta en todo/ así es como entra la luz”). Comprendería que no es necesario abrir grietas, sino descubrirlas. De ahí entra la luz.
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