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domingo, 1 de agosto de 2010

MI SEGUNDA VEZ

Director: Bart Freundlich
Intérpretes: Catherine Zeta-Jones, Justin Bartha, Kelly Gould



El imaginario de mujeres maduras que seducen a jóvenes dispuestos a ser seducidos, empapa al cine con la misma sudoración pegajosa de los chiquillos que no despegan ojo a la Mrs. Robinson de Anne Bancroft, a la Luisa de Victoria Abril, a la Mrs. Stiffler de Jennifer Coolidge o a la Saraghina de Eddra Gale. A este mosaico de féminas le salpicó en plenos noventa una nueva variación que venía encapsulada en las televisivas “Sexo en NY” y “Mujeres desesperadas”. Parasitando lo más profundo de las más miserables comedias románticas, ésas en las que un hombre maduro ideal y guapo, inteligente y rico, se trajina a una mozuca de clase baja, germina una versión en la que se intercambian los papeles: en “Mi segunda vez”, el desgraciado es el hombre (pero es joven, algo tenía que tener) y la glamourosa es la mujer (pero es una solitaria con un par de pipiolos, algo tenía tener). De esa salsa industrial, sale el filme de Catherine Zeta-Jones, acostumbrada a la majadería “Cosmopolitan”.

Lo intrépido de esta aventura en la que se embarca el director Bart Freundlich es la posibilidad espuria, artificiosa (y malintencionada) de una pseudocomedia romántica con una cuarentona súpermolona y jamelgosa (Catherine Zeta Jones) y un chavalín imberbe y “pobre/cool” de veinticinco años (Justin Bartha). Habrá que admitir antes de echarse a desbarrar como un mandril en celo, que quizá en la genética (en que, a día de hoy, soy un tío), se encuentre mi vergüenza ajena por una tontería con semejantes ínfulas. La historia es la de siempre: una mujer despechada que se escapa a la ciudad (NY, of course, que mola) para liberarse.

Allí, se le presentan las dos opciones de desmadre en este tipo de ficciones (me refiero las que marca la ultraconservadora “Sexo en Nueva York 2”): a) unos pretendientes guapos a la par que tontos (uno de los gags más lamentables de la década transcurre en un urinario de obra); b) unos pretendientes guapos a la par que inteligentes, sensibles y “bellos” interiormente (el pimpollo que interpreta Bartha). Sabemos todos con quién va a acabar, ¿no? Sí, han acertado. Con el guapo.

domingo, 23 de septiembre de 2007

SIN RESERVAS

SIN RESERVAS
Director: Scott Hicks
Intérpretes: Catherine Zeta-Jones, Aaron Eckhart, Abigail Breslin
Web: http://wwws.warnerbros.es/noreservations/

A veces, un trailer te cuenta todo lo que necesitas saber sobre la película que promociona. Prueben con “Sin reservas”. Entren en youtube y véanse el clip. Ahora, tráguense el filme. O viceversa, si se empeñan. ¿Diferencias? Muy pocas. Correcta, melosa, bien desarrollada y sin chicha, la nueva producción (y el nuevo tráiler) de Scott Hicks refuerza lo que pensamos del director: un artesano correcto, meloso y sin chicha. Muy, muy atrás queda la notable “Shine”, probablemente hoy, perdonen que no la haya revisitado antes de escribir esto, bastante envejecida. Sirvió aquella cinta de trampolín para el excepcional Geoffrey Rush, mientras que el estreno de ayer funciona de vehículo promocional para una Catherine Zeta-Jones en horas bajas. Eso sí, lo intenta la galesa, con sus labios romboidales y sus maneras de actriz bombón del montón, en el papel de cocinera maniática que, tras la muerte de su hermana, se hace cargo de su sobrina. Pero, por mucho que lo trabaje la esposa de Michael Douglas, poco puede hacer con un personaje manido y, encima, acompañado de niña (una Abigail Breslin bastante aceptable). Ahí reside el meollo de “Sin reservas”: su previsibilidad y su falta de consistencia narrativa. El fallecimiento de su hermana, nexo por el que la acción se desencadena, está tomado de una forma excesivamente liviana dentro del metraje, sobre todo si lo comparamos con sus consecuencias dramáticas. Así, solamente se tira de ese recurso barato cuando la almibarada historia de amor con Aaron Eckhart no da más de sí. Muy fácil aprovechar lo más socorrido para un guión: las desgracias personales con chiquillos coronando el pastel. Pero bueno, lentamente se olvidan esos vicios de telefilme y la cosa consigue avanzar, y avanzar, y avanzar… Al final, cuando nos damos cuenta, ya estamos fuera del cine más empachados que Marcello Mastroianni en "La gran comilona". La pregunta es, entre tanto amor azucarado, ¿nos ha contado "Sin reservas" algo nuevo?