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jueves, 13 de mayo de 2010

CON OZORES LO ENTENDERÍAMOS

El Gobierno no improvisa, responde a circunstancias cambiantes” (Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, 12-05-2010). “No tengo miedo. Me siento con fuerza para liderar este partido” (Francisco Camps, presidente de la Comunitat Valenciana, 12-05-2010).


Ozores, explicando lo anterior

En un día en el que no hay dios que entienda nada, va y se muere alguien que podría explicárnoslo todo: Antonio Ozores. Durante “Encuentros en el fin del mundo” (2006), Werner Herzog se quejaba amargamente de que se organizasen campañas para salvar a cualquier especie, pero no al último hablante de una lengua. Con Ozores se extingue una lengua (su aglomeración de pseudopalabras a velocidad de crucero) y desaparece una especie de un solo ejemplar. Campeón del “trash” postmodernista (protagonizó espléndidas barbaridades como “El erótico enmascarado”, donde interpretaba a un doctor cachondo que intentaba “calentar” a un actor porno retirado, ¡Fernando Esteso!); miembro de la Real Academia del género “S” en España (Pajares ocuparía la “T”; Esteso, la “e”; Juanito Navarro, la “t”; y él, la “a”); y, en resumen, currante del cine (participó en casi 200 películas y, como muchos de nuestros actores ancianos, cobraba 400 euros de pensión), a este valenciano nadie le recordará por hazañas particulares. Lógico, demasiado pequeñas. Jamás sus elegantes traspiés de secundario soportarían la desfachatez de vestirse el blanco idiota de Malcolm McDowell y “La naranja mecánica” o de Mark Hamill y “La guerra de las galaxias”. Su filmografía se dedicaba a otra tarea bien diferente: fabricar en cadena y a escala industrial (ahí habría que nombrar peones a su familia; su hermano Mariano y su hija Emma) un humor costumbrista que, como la costumbre, caducó ante sus ojos con el fracaso de su serie “El sexólogo” (TVE).

Lo único que se mantuvo impoluto fue el arquetipo ibérico y, a priori, intransferible del propio Ozores, una presencia encarnada en múltiples recodos de la realidad patria: el binguero empedernido, el putero ocasional, el oficinista salido, el borracho impenitente,... en suma, una gran parte de nuestros mejores amigos. Porque Ozores (y sólo él, siguiendo la tradición de Mihura, Poncela, “Tip”, Millán Salcedo, Faemino y Cansado,...) propagó con cada intervención su condición bizarra de “marciano familiar”, de humano incomprensiblemente comprensible. O sea, de alguien al que podríamos, ya no podemos, pedir ayuda con los titulares de hoy.

martes, 12 de febrero de 2008

PODRÍA HABER SIDO

Roy Scheider (1932-2008), como tantos otros de su generación, nació para el cine en un terror de serie "Z", "La maldición del cuerpo viviente" (1964). De rostro desordenado, piel reptiliana y nariz rota, al actor californiano le crearon una década para sí, los setenta, y un personaje habitual, el de duro. Y comenzó a ejercitarlo al lado de Jane Fonda en "Klute" (1971), metraje ajado pero recuperable de Alan J. Pakula. Su primera nominación al Oscar no iba a tardar demasiado: "The French Connection", policiaco mal envejecido de William Friedkin, le corona como estrella setentera. Finalmente, dos apreciables, negros (y olvidados) films franceses "El atentado" (M. Boisset) y "Un funeral en los Ángeles" (J. Deray), terminan de arrastrar a Scheider hacia su papel inolvidable: el jefe de la policía Martin Brody en "Tiburón".

Las fauces del inmenso escualo blanco emergen del océano y descubren al cazador desprevenido. "Creo que vamos a necesitar un bote más grande", exclama el polizonte, incrustándose en el inconsciente colectivo de una generación. Salvaje, clásica y aterradora, "Tiburón" (1975) marca la era de los "blockbusters" y la filmografía del intérprete. Tras el "gran error de su carrera" (protagonizar "Tiburón 2" en vez de encarnar al Michael de "El cazador"), a Scheider, como a los setenta, ya le quedaba poco que decir. Un secundario en "Marathon man" y, sobre todo, "Empieza el espectáculo" (1979), el imprescindible "autobiopic" musical de Bob Fosse, revelan a un actor curtido y preparado para la inmortalidad. El problema de Scheider es que eso nunca ocurriría. Pequeñas producciones "A" recomendables ("2010", "El trueno azul", "El almuerzo desnudo") y otras muchas "B" horripilantes ("Al servicio del presidente", "Chantaje nuclear"), le dejan en el limbo de los grandes actores que podrían haber sido.

martes, 5 de febrero de 2008

DESDE LA GALA DE LOS GOYA

LANDISMO, GLAMOUR Y LLUVIA

«
Vamos, mama!». «¡Joé con la Mari!». Mi primera visión de la alfombra verde de los «Goya» es una señora que empuja a su señora madre hacia el mogollón. Llueve en Madrid y todavía son las seis de la tarde, pero los curiosos se apelotonan, con bocatas e hijas adolescentes, preparados para ver entrar a los famosos. Contrasta el glamour posterior con las camisas de gran almacén, las bolsas de plástico en la cabeza y algún café estrujado por manos heladas. Dentro, todo se prepara: poco a poco los fotógrafos se colocan, los periodistas miran los relojes y Unax Ugalde, tempranero, atraviesa el hall hacia la zona VIP. Las chicas le descubren bajo su sombrero, suspiran, y uno no puede evitar pensar cómo será eso de ser muy, muy, muy guapo. Al rato, ya casi son las siete y media, nos reparten el orden de llegada y una lista con los diseñadores de los diversos atuendos. Entre el Dior de Ernesto Alterio, el Dolce Gabbana de Natalia Verbeke o el Cavalli de Silvia Abascal, ¿qué pinta Gonzalo Suárez y su Loewe?

Comienza el desfile. Juanjo Ballesta, que podría ser un chaval de Vallobín; Barbara Goenaga, de blanco y negro y ahora salivo; Hugo Silva más Alejo Sauras, desmayo de una redactora incluido. El presentador de Noticias Cuatro prepara la conexión, «glamour pasado por agua, pero glamour al fin y al cabo», una y otra vez. Por detrás llega la Pataky, no describo; Álex de la Iglesia, mimetizándose en forma y fondo a Hitchcock; Pepe Viyuela y Tom Fernández, los «campechanos» de la noche en busca de la corbata perdida; esa extraña sencillez de Jorge Drexler. ¿Por qué Yola Berrocal cerró el paseíllo del personal? Misterios insondables.

¿La gala? Igual que como la vieron ustedes en casa. Gran momento punk de Landa que reafirma mi landismo. Coloquen inconexamente estas tres frases y tendrán el discurso de D. Alfredo: «Tengo tanto dentro», «todo se lo debo a mi profesión» y «no sé». Corbacho con los típicos altibajos y, más menos, lo de siempre. A mi lado, Pablo Carbonell mira el vídeo de los fallecidos. ¿A cuántos habrá conocido? La Verdú aparece emocionadisísisisima y los caretos de los reporteros «sonrientes/impostados» le preguntan: «¿Dónde vas a poner el "Goya"?». Sergio Sánchez nos da la alegría asturiana de la noche y se acerca mostrando a su niño-Goya en brazos. No sabe cuándo volverá a Asturias, confiesa: tiene que entregar su nuevo guión cuanto antes. Luego sólo quedan los premios a la espléndida «La soledad» y una calle fría, lluviosa, vacía de vida humana, en la que montones, montones de coches de lujo esperan a las estrellas y a sus circunstancias para llevarlas a fiestas glamourosas. En el triste metro, empapado y sin el calor de los flashes, me consuelo por salud mental: al menos, no tendré que esperar atascos.

sábado, 16 de junio de 2007

LO QUE NO SE VE

LO QUE NO SE VE
Director: David S. Goyer
Intérpretes: Justin Chatwin, Margarita Levieva, Marcia Gay Harden
Web: http://www.myspace.com/TheInvisibleMovie

¿Se acuerdan de “Ghost”, aquel pestiño infumable que catapultó a la nada las carreras de Demi Moore y Patrick Swayze? “Lo que no se ve” se parece a un “remake” pero en clave de thriller adolescente. A un chavalote que quiere ser “crítico de escritores” (no sabe la que le espera) le acusan de delator otros imberbes delincuentoides, liderados por una chica muy macarra, y le dejan en coma a collejas. El guaje despierta en un limbo similar a una discoteca: nadie te ve y tienes que encontrar la salida. ¿Cómo? Descubriendo a tus asesinos. Y luego sale también una moza y haciendo barro y los “Everly brothers”… ¿o esa era otra?