Director: Abbas Kiarostami
Intérpretes: Juliette Binoche, William Shimell, Jean Claude Carriere
La reproducción y el original. El simulacro y la realidad. Las ciertas-desconfianzas-ciertas del postmodernismo anegan el prólogo de “Copia certificada”, ganadora de la Espiga de Oro en el reciente festival de Valladolid, mientras el ensayista James Miller (el barítono William Shimell, arrastrado a excelente actor) desmenuza al público italiano sus argumentos, una defensa de la copia artística como regreso a los orígenes del hombre, como una necesaria arqueología mimética y rescatadora del pasado. Entre los asistentes a su conferencia se encuentra Elle (Juliette Binoche), una mujer que regenta una tienda de antigüedades y que acompaña al escritor en las horas previas a su viaje de regreso a casa.
A lo largo de la primera mitad del largometraje, el director iraní Abbas Kiarostami explora los gestos de dos personas que compiten en el campo minado de la seducción. En las múltiples entrevistas promocionales de la película, el cineasta desvelaba que supo que Juliette Binoche era su actriz cuando, al contarle la historia de “Copia certificada”, observó los matices cambiantes de su cara. Ése es el cine de acción-reacción que pone en marcha su cinta y, especialmente, en el arranque de éste; una formalidad, marciana a la fílmica occidental, de detalles al fondo, de ausencias a cuadro y de contraplanos cortos, que se detiene en las respuestas de personajes enfrentados a narraciones, enfrentados la pelea lingüística que se (les) avecina. Entiende Kiarostami, y así lo demuestra su filmografía, que el lenguaje no sólo sirve para comunicarnos, sino para batallar: una madre que se desgañita ante un chiquillo indiferente, un intelectual sádico (y tierno) que seduce envileciéndose, una hermana que se mantiene fuera de cobertura (emocional) y una mujer, esa espléndida, delicada, abrasadora Binoche, que trata de dominar los límites del lenguaje, a Wittgenstein le hubiese encantado “Copia certificada”, para dominar su mundo.
Kiarostami no se agota en palabras sangrantes, en verdaderas (ir)realidades; ellas funcionan de abono en su disección sutil, delicadísima, del amor. Pasea por un pueblo italiano nuestra pareja en potencia que, en un momento mágico posterior, se convertirá en pareja en acto, e, inmersos en hipótesis, apuntalan en su encuentro fugaz, en su tarde cualquiera, las maravillas de un futuro ideal. Porque justo a mitad de la película, simulando la impostura que Orson Wells maquinaba en su magistral “F for fake” (1973), Kiarostami concede a los primerizos su sueño: que esos extraños que están coqueteando se conviertan, de golpe (¿por un maleficio? ¿por una engañifa inocente que termina tragándoles?), en otra pareja, la de dos personas casadas desde hace muchos años. Miente la Binoche primigenia a la dueña de un café, asegurándole que Shimell es su marido y, finalmente, éste se transforma en él. “Es verdaderamente estúpido sentirse mal en el nombre de un ideal”, avisa la anciana a nuestra protagonista y, por arte del cine, ella alcanza este ideal (el matrimonio largo, habitual, burgués), descubriendo que las miserias (muy oportuna la aparición del coguionista de Buñuel, Jean-Claude Carriere), permanecen. Lo que en sus caminares de seductor y seductora observaban como promesa incólume de futuro (a unos recién casados, a unos ancianos queriéndose), se resuelve/se revuelve en idéntico espacio, con idénticos actores (he aquí lo extraordinario del filme de Kiarostami) a través de sus “alter ego”; dos miradas diferentes que, contrapuestas, se revelan como un continuo vital, pero evitando que se desarrolle dramáticamente el “impasse” de tiempo que las separaría. En definitiva, hay que nombrar a “Copia certificada” como una de las películas imprescindibles de la temporada, un manual complejo, un desafío al espectador, sobre los verdaderos discursos falsos (el de la seducción, el del amor “naïf”, el del amor-rutina…) que sustentan al amor.
lunes, 8 de noviembre de 2010
ATLÉTICO, ¡AÑO 2000, LLEGA EL AÑO 2000!
Año 2000, llega el año 2000...
Este sábado, en el Palacio de Deportes de Madrid, dieciséis mil humanos compartimos con Miguel Ríos su despedida de los escenarios. Vale, es cierto que a nuestro alrededor pululaba personal de cierta edad (abundaba el calverismo y el taponismo, una prueba de que las generaciones futuras nos mejoran), que las canas monopolizaban la melena de Rosendo (no la de Ana Belén), y que, en determinados momentos, el chute de nostalgia (el “Himno a la alegría” es uno de los entes más pastosos de los últimas tres décadas) nos dejó temblando. Pero si hubo algo que nos recordó que la carrera de Miguel Ríos rondaba el cincuentenario fue cuando el granadino entonó su canción “Año 2000”… Año dos mil, año dos mil, el milenio traerá un mundo feliz, un lugar de terror, o simplemente no habrá vida en esta tierra…
Al único equipo en España que no le debe sonar anacrónica esta canción es al Atlético de Madrid. Desde el 30 de octubre de 1999 no gana al Real Madrid y, después del partido de ayer, así seguirán, en un estado de congelación permanente, como Mr. Freeze, Jordi Hurtado o Esperanza Aguirre, hasta el año que viene. Uno observa en el Atlético actual la misma inocencia con la que, post-adolescentes nosotros en aquella época, consumíamos Internet (¿recuerdan Terra u Ozú?) o idealizábamos a Britney Spears y su aspecto entre Disney y Playboy. Fíjense en el tremendo “¡haced lo que queráis, grandes!” que nos permitieron los colchoneros; incluso Carvalho se creyó que un robo de balón en el centro del campo le autorizaba para subir a línea de fondo, recibir un pase de Di María y ¡marcar gol! Menudo elemento el portugués: un jugador del siglo XXI, al igual que Özil o Agüero, si este último jugase en un equipo grande.
Pareciese como si la candidez de De Gea (¿se fijaron en su cara imberbe durante el segundo gol?) se contagiase al resto del equipo en cada una de las visitas del Atlético al Bernabeu. Por mucho que Forlán nos azuzase con un palo, nosotros teníamos a Higuaín (reitero que no está todavía en forma) y a Marcelo, en una de las mayores vaciladas a un jugador que se recuerda en el estadio madridista; Reyes parecía el chino Cudeiro de “Humor amarillo”: no sabía por dónde le venían. Fines de semana así, fallan Marcelo, Ramos y Benzema el tercero, producen paradojas espaciotemporales: ¿cómo es posible que se retire un tipo con la fuerza, el madridismo y el talento de Miguel Ríos? Y, ¿cómo es posible que el Atlético haya ganado la copa de la UEFA en 2010 sin haber llegado, aún, al año 2000?
martes, 2 de noviembre de 2010
lunes, 1 de noviembre de 2010
OS INVITAMOS A LA PRESENTACIÓN DE NUESTRO LIBRO "UNA RISA NUEVA" EN MADRID
Nausícaä Ediciones, Abycine y la Universidad de Castilla-La Mancha se complacen en invitarle a la presentación del libro "Una risa nueva. Posthumor, parodias y otras mutaciones de la comedia", que tendrá lugar el próximo miércoles 3 de noviembre en la librería Ocho y Medio, situada en la calle Martín de los Heros, 11. Madrid.
¿En qué libro críticos cahieristas, blogueros de combate, humoristas chanantes y dibujantes de tebeos post-underground se unen en la causa común de descifrar los secretos más escondidos de la Nueva Comedia?
¿Puede un chiste obsceno salvar a la humanidad?
¿De qué demonios se ríe un coreano (del Sur)?
¿Qué tienen en común Chiquito de la Calzada, Takeshi Kitano y Witold Gombrowicz?
¿Qué le pasaba por la cabeza a Bill Murray la noche de los Óscars en que estuvo nominado por "Lost in Translation"?
¿Puede sobrevivir un género cinematográfico a su auto-destrucción?
¿Qué tipo de humor puede surgir en la Zona Cero de la comedia?
Todas estas preguntas y muchas más hallan su respuesta en las páginas de "Una risa nueva", un libro con textos de Miqui Otero, Venga Monjas, Eduardo Galán, Carlos Losilla, Alvy Singer, Juan Agustín Mancebo Roca, Señor Ausente, John Tones, Roberto Cueto y Jordi Costa.
El único ensayo cinematográfico vitaminizado con 16 páginas de historieta firmadas por un auténtico cóctel de estrellas: Joaquín Reyes, Jorge Riera, Scalerandi&Souto, Darío Adanti, Juarma López, Jonathan Millán & Miguel Noguera, Albert Monteys, Bárbara Perdiguera y Guillem Dols.
Oficiará de Maestro de Ceremonias el cineasta Nacho Vigalondo.
El acto contará con la presencia de buena parte de los autores del volumen.
Recuerda: el próximo miércoles 3 de noviembre a las 19.30 h. en la Librería Ocho y Medio C/Martín de los Heros, 11. Madrid,
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LA OTRA HIJA
Director: Luis Berdejo
Intérpretes: Kevin Costner, Ivana Baquero, Samantha Mathis
Web: http://www.laotrahija.com/
La carrera de Luis Berdejo ha arrancado de una manera inusual. Tras rodar algunos cortometrajes de raza (“La guerra” o la magistral “For(r)est in the des(s)ert”), al director vasco le ha topado la oportunidad de atacar un texto de John Connolly en Estados Unidos con Kevin Costner comandando el reparto. Se estrena en España “La otra hija” con todo el pescado vendido en USA: allí, su lanzamiento ha concitado tantas dudas en crítica y público que sus productores han decidido comercializarla directamente en DVD. Cuenta el largometraje el traslado a una casa de campo de un novelista (Costner) y sus dos hijos (Ivana Baquero y Gattlin Griffith) después de que su mujer les abandonase. A partir de ese momento, el filme desarrolla los cambios en el carácter de la post-adolescente que, aunque en principio parezcan propios de su edad, se irán revelando como motivados por otras fuerzas bien distintas.
Al igual que Stephen King en “El resplandor” (no es gratuita la profesión del protagonista, ni la soledad del paraje, ni la asociación con cementerios indios), está interesado Berdejo en la figura del doble, de ese reverso oscuro que, si tiramos de Freud, todos escondemos dentro. Con el imponente Kevin Costner sobrellevando el peso de los minutos, el metraje habla de desamparos (de un hombre con respecto a su mujer, de una niña con respecto a su padre) y de oscuridades, obviando la fuerza del resto de la obra del realizador. Ivana Baquero enreda con ser actriz feral (sus escenas en contacto con la tierra así lo prueban) en lo indeleble de una película que se va ocultando bajo capas de corrección formal y previsibilidad.
Lo que decepciona de “La otra hija” es, en contraste con la interpretación de Baquero, su falta de riesgos. A veces, vale más un debut fallido que una presentación cauta. En las potencialidades de la cinta (las ambivalencias punzantes entre adolescencia y madurez, entre salvajismo sexual y virginidad, entre amor paterno y repugnancia), se marcan a fuego sus decepciones. Aún su briosa última parte (lo notable del filme), con ese terrible dilema al que Costner se ve obligado a enfrentarse, evita escaparse al trabajo de Luis Berdejo de aquello que sus anteriores producciones no evidenciaban: la comodidad, el automatismo, la ausencia de ese algo que te hace revolverte en la butaca.
Intérpretes: Kevin Costner, Ivana Baquero, Samantha Mathis
Web: http://www.laotrahija.com/
La carrera de Luis Berdejo ha arrancado de una manera inusual. Tras rodar algunos cortometrajes de raza (“La guerra” o la magistral “For(r)est in the des(s)ert”), al director vasco le ha topado la oportunidad de atacar un texto de John Connolly en Estados Unidos con Kevin Costner comandando el reparto. Se estrena en España “La otra hija” con todo el pescado vendido en USA: allí, su lanzamiento ha concitado tantas dudas en crítica y público que sus productores han decidido comercializarla directamente en DVD. Cuenta el largometraje el traslado a una casa de campo de un novelista (Costner) y sus dos hijos (Ivana Baquero y Gattlin Griffith) después de que su mujer les abandonase. A partir de ese momento, el filme desarrolla los cambios en el carácter de la post-adolescente que, aunque en principio parezcan propios de su edad, se irán revelando como motivados por otras fuerzas bien distintas.
Al igual que Stephen King en “El resplandor” (no es gratuita la profesión del protagonista, ni la soledad del paraje, ni la asociación con cementerios indios), está interesado Berdejo en la figura del doble, de ese reverso oscuro que, si tiramos de Freud, todos escondemos dentro. Con el imponente Kevin Costner sobrellevando el peso de los minutos, el metraje habla de desamparos (de un hombre con respecto a su mujer, de una niña con respecto a su padre) y de oscuridades, obviando la fuerza del resto de la obra del realizador. Ivana Baquero enreda con ser actriz feral (sus escenas en contacto con la tierra así lo prueban) en lo indeleble de una película que se va ocultando bajo capas de corrección formal y previsibilidad.
Lo que decepciona de “La otra hija” es, en contraste con la interpretación de Baquero, su falta de riesgos. A veces, vale más un debut fallido que una presentación cauta. En las potencialidades de la cinta (las ambivalencias punzantes entre adolescencia y madurez, entre salvajismo sexual y virginidad, entre amor paterno y repugnancia), se marcan a fuego sus decepciones. Aún su briosa última parte (lo notable del filme), con ese terrible dilema al que Costner se ve obligado a enfrentarse, evita escaparse al trabajo de Luis Berdejo de aquello que sus anteriores producciones no evidenciaban: la comodidad, el automatismo, la ausencia de ese algo que te hace revolverte en la butaca.
MARCELO YA NO ES UN MIERDAS
Marcelo, ese hombre
Este domingo las portadas de los periódicos madridistas (ésos que hay que leer, no los cómics de los de enfrente) amanecieron repletas de fotos de nuestro poligonero favorito: que si va a alcanzar a Hugo Sánchez, que si podría haber repetido “hat-trick” (el fallo en su última oportunidad fue monumental)... Y, en parte, llevan razón. No le debemos quitar a él ni a Mou su gran porción de responsabilidad en la victoria del sábado y se lo pagamos de la forma que más les pone a estos portugueses: con fotos de su careto (pensativo, en el caso del míster; y sonriente, en el caso de CR7). Tranquilos, madridistas, dentro de nuestro equipo hay, al menos, dos hombres a los que jamás Arturo Pérez-Reverte podrá llamar “mierdas”.
El caso de Marcelo es bien distinto. Nosotros lo teníamos claro: hace un año le bautizamos como el nuevo Terminator, el M.A.R.C.E.L.O. (Mechanical Armoured Robot Capable of Eliminating Lots of Objects), pero no estábamos tan seguros de que el novelista más macho del panorama ¡español! compartiese nuestra opinión.
Probablemente, para él, el brasileño era todavía aquel fiestero, un mierdas, que no conseguía que ningún entrenador le comprendiese y que, ¡menudo blando, Arturo!, uno se imaginaba llorando en la soledad del vestuario como un concursante cualquiera de Gran Hermano. Regresemos al pasado: Juande Ramos y Pellegrini, ese dúo que repartía diversión en las ruedas de prensa, decidieron que Marcelo era extremo izquierda. A pesar de que en el Fluminense su carrera se había centrado en el carril lateral de la defensa, en España nos obsesionamos (por las limitaciones de nuestra plantilla, no nos engañemos) con reinventarle a imagen y semejanza de Roberto Carlos.
Lo maravilloso es que, por obra y gracia del esfuerzo titánico del carioca, Marcelo se ha (re)convertido en uno de los referentes del ataque del Real Madrid. La jugada previa al segundo gol del Madrid en Alicante da una pincelada del extraordinario futbolista que se nos puede venir encima. Con una internada impresionante (¿cuántos de ustedes exclamaron “¡Redondo!”?), el chaval (¡calza 22 añitos!) reivindicó un lugar en el “hall of fame” del equipo. Sólo falta que se mantenga y que, si le cae una lágrima en la celebración de alguno de los títulos que ganará el Real Madrid este año, no le pille Pérez-Reverte.
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domingo, 31 de octubre de 2010
LOS OJOS DE JULIA
Director: Guillem Morales
Intérpretes: Belén Rueda. Lluís Homar, Pablo Derqui
Web: www.losojosdejulia.es
En el cine español actual, el terror se ha consolidado como materia exportable. Los éxitos comerciales de Amenábar (“Los otros”), Balagueró y Plaza (“REC”) o Bayona (“El orfanato”), certifican este fenómeno, convirtiendo a nuestro país en una especie de cantera de género: mientras nuestros taquillazos en comedia (“Torrente” sigue a la espera de adaptador) no se venden, los directores que se especializan en horrores diversos comienzan a tener oportunidades en el mercado internacional. Así, las condiciones económicas favorables impulsan un síntoma inequívoco: la industrialización de filmes de este tipo.
Financiada por Antena 3 con el molde de “El orfanato” (mismo productor, misma actriz principal, mismo trasfondo) en mente, “Los ojos de Julia” atormenta a una mujer (Belén Rueda) que sospecha de la versión oficial (suicidio, claro) de la muerte de su hermana, cegada por una enfermedad genética. Guillem Morales juega, después de su debut “El habitante incierto” (2004), a un terror paranormal (sólo se explica de esta manera la conexión cósmica de las dos gemelas) con una pizca de “whodunit”, que acaba desembocando en película con psicópata. Tras los manuales de propuestas como “Sola en la oscuridad” (Terence Young, 1967) o “Jennifer 8” (Bruce Robinson, 1992); tras un arranque prometedor, el misterio del largometraje se atranca en medio de lo improbable (una visita a un hotel con anciano perturbado y llave rara) y lo imposible (la maravillosa Julia Gutiérrez Caba de vecina inquietante; ese final rimbombante y pseudopoético).
Uno, quizá enfangado en tanta inconsciencia fílmica, halla valor a “Los ojos de Julia” en su último (y alocado) tercio. Al facturar horror, a veces, es justo perder la vergüenza. Eso se permite Morales con el “tour de forcé” entre la correcta Rueda y el (necesariamente) sobreactuado Pablo Derqui. Ellos dos, en su chifladura inverosímil de perseguidor y perseguida, nos hacen esbozar una sonrisa nada complaciente ni misericordiosa para con “Los ojos de Julia”. Si el cine español ya produce, con dignidad “goticoide”, terrores de psicópata obsesivo (¡y, además, con todas las majaderías del original!), el camino está abonado a que germinen experimentos más acertados, filmes más afortunados.
Intérpretes: Belén Rueda. Lluís Homar, Pablo Derqui
Web: www.losojosdejulia.es
En el cine español actual, el terror se ha consolidado como materia exportable. Los éxitos comerciales de Amenábar (“Los otros”), Balagueró y Plaza (“REC”) o Bayona (“El orfanato”), certifican este fenómeno, convirtiendo a nuestro país en una especie de cantera de género: mientras nuestros taquillazos en comedia (“Torrente” sigue a la espera de adaptador) no se venden, los directores que se especializan en horrores diversos comienzan a tener oportunidades en el mercado internacional. Así, las condiciones económicas favorables impulsan un síntoma inequívoco: la industrialización de filmes de este tipo.
Financiada por Antena 3 con el molde de “El orfanato” (mismo productor, misma actriz principal, mismo trasfondo) en mente, “Los ojos de Julia” atormenta a una mujer (Belén Rueda) que sospecha de la versión oficial (suicidio, claro) de la muerte de su hermana, cegada por una enfermedad genética. Guillem Morales juega, después de su debut “El habitante incierto” (2004), a un terror paranormal (sólo se explica de esta manera la conexión cósmica de las dos gemelas) con una pizca de “whodunit”, que acaba desembocando en película con psicópata. Tras los manuales de propuestas como “Sola en la oscuridad” (Terence Young, 1967) o “Jennifer 8” (Bruce Robinson, 1992); tras un arranque prometedor, el misterio del largometraje se atranca en medio de lo improbable (una visita a un hotel con anciano perturbado y llave rara) y lo imposible (la maravillosa Julia Gutiérrez Caba de vecina inquietante; ese final rimbombante y pseudopoético).
Uno, quizá enfangado en tanta inconsciencia fílmica, halla valor a “Los ojos de Julia” en su último (y alocado) tercio. Al facturar horror, a veces, es justo perder la vergüenza. Eso se permite Morales con el “tour de forcé” entre la correcta Rueda y el (necesariamente) sobreactuado Pablo Derqui. Ellos dos, en su chifladura inverosímil de perseguidor y perseguida, nos hacen esbozar una sonrisa nada complaciente ni misericordiosa para con “Los ojos de Julia”. Si el cine español ya produce, con dignidad “goticoide”, terrores de psicópata obsesivo (¡y, además, con todas las majaderías del original!), el camino está abonado a que germinen experimentos más acertados, filmes más afortunados.
martes, 26 de octubre de 2010
TONY CURTIS EN PANTALLA PARTIDA
La carrera de Tony Curtis, como ocurría en la imprescindible “El estrangulador de Bostón”, podría seccionar la pantalla en cuatro compartimentos que, independientes (e indiferentes) unos de otros, fuesen emitiendo verdades, tan distantes como contundentes, sobre el actor.
Esquina superior izquierda: el héroe americano.
Hijo de padres húngaros bajo el infranombre de Bernard Schwartz, Curtis representó aquel ideal que todas las chicas “doo-wop” querían: un héroe de mármol, un héroe de la II GG, rebelde y respetable a un tiempo, que las socorriese en su vida de carretera. Él encarnó al campeón en dilema, en la subvalorada “El dulce sabor del éxito” (Alexander Mackendrick, 1957); al campeón de la integración, en las necesarias “Fugitivos” (Stanley Kramer, 1959) y “Cenizas bajo el sol” (Delmer Davies, 1958); al campeón de la magia, en la olvidable “Houdini” (George Marshall, 1953), o al campeón mítico, en la obra maestra “Los vikingos” (Richard Fleischer, 1958). En esta última, probablemente el trabajo más imponente de la filmografía de Curtis, se conjugaba todo aquello que su figura, aún atlética, aún mitológica, simbolizaba en el inconsciente norteamericano.
Esquina superior derecha: ¡Curtis ríe!
Dispuesto a reinventarse, Tony Curtis halló su nuevo filón en la comedía. Como prefiguró la desconocida (y estupenda) “El temible Mister Cory” (Blake Edwards, 1957), el futuro del actor se encontraba en crear a ese personaje encantador, ese filibustero machista de clase alta, que enamorase con el mismo furor a ricas, aunque las quisiese por su dinero, y a pobres, aunque las quisiese por su cuerpo. Nadie entendió esa dicotomía, en la que él siempre salía ganando, como Billy Wilder y su “Con faldas y a lo loco” (1959). La iconografía que recorre las venas del siglo XX (y que el XXI vampiriza), jamás juntará en un fotograma tal cantidad de talento. Cierren los ojos y digan “Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis”. ¿Merece la pena añadir más? Él estuvo ahí, y ese momento cósmico desbarató su carrera por completo. Ya no era el campeón en “Espartaco” (Stanley Kubrick, 1960), sino un aliado del campeón oficial Kirk Douglas; ya no era el campeón en “Taras Bulba” (J. Lee Thompson, 1959), sino el hijo desterrado, moribundo de Yul Brinner. Al igual que el primogénito traidor del filme de Lee Thompson, el arquetipo cómico que cultivó en “Con faldas y a lo loco” confabuló en su contra y degeneró en cruces salvables, la divertidísima “La carrera del siglo” (Blake Edwards, 1965), y en un montón de proyectos que, en la lejanía, aparecen como ejemplos del “kitsch” setentero que encanta a Austin Powers o que revisitó, con ansias postmodernas, Peyton Reed y su “Abajo el amor” (2003). Me refiero a “La pícara soltera” (Richard Quine, 1964), “Soltero en apuros” (Norman Jewison, 1963), “Bromas con mi mujer, ¡no!” (Norman Panama, 1966) o la imposible “No hagan olas” (Alexander McKendrik, 1967).
Esquina inferior izquierda: redefinirse (otra vez).
Si algo impulsó la distorsión de su arquetipo favorito hacia sucedáneos lamentables, fueron a las ansías de Curtis de destruirlo definitivamente. “El estrangulador de Boston”, uno más de los filmes de referencia de Richard Fleischer, dibujaba a un tercer Tony, cercano como nunca a lo que hubiese sido un Bernard Schwarz envejecido. “¿Por qué le abren la puerta?”, se preguntaba un periódico de Boston sobre las mujeres a las que el asesinó mató. Tal vez ellas viesen, en el fondo de los ojos de ese mediocre, lo que quedaba en Curtis de héroe y que iban diluyendo kilos y ojeras. Freud afirmaba que las mujeres buscan a la figura paterna a lo largo de su existencia, ¿quién sabe si la heroicidad pretérita del actor no fuese la perfecta para representar los instintos incognoscibles que impulsaban a una chica a abrir sus puertas a un psicópata? En una creación digna de un Norman Bates ajado, el actor se abandonó a la locura, a una demostración de talento de semejante calibre que no le permitió volver a levantarse.
Esquina inferior derecha: pero, ¿no estaba muerto ya?
Como si se tratase de una broma, los últimos treinta años de Curtis se han dedicado al derrumbe final de su propia figura, bien, en la decrepitud anciana, con unas apariciones bizarras en peluquín y camiseta de purpurina, o, bien, en la decrepitud fílmica, con películas que le hacían muy poco bien (un limitado grupo de humanos le recordamos en engendros como “El hombre centollo de Marte” u “Otelo, comando negro”). Puede ser que no merezca la pena detenerse demasiado en este compartimento de la pantalla salvo, quizá, por el solitario placer de comprobar la emigración de sí mismo, digna y patética, valiente y cobarde, que llevó a cabo Tony Curtis durante toda su vida y que ha alcanzado, ayer, su meta.
(Inédito)
Esquina superior izquierda: el héroe americano.
Hijo de padres húngaros bajo el infranombre de Bernard Schwartz, Curtis representó aquel ideal que todas las chicas “doo-wop” querían: un héroe de mármol, un héroe de la II GG, rebelde y respetable a un tiempo, que las socorriese en su vida de carretera. Él encarnó al campeón en dilema, en la subvalorada “El dulce sabor del éxito” (Alexander Mackendrick, 1957); al campeón de la integración, en las necesarias “Fugitivos” (Stanley Kramer, 1959) y “Cenizas bajo el sol” (Delmer Davies, 1958); al campeón de la magia, en la olvidable “Houdini” (George Marshall, 1953), o al campeón mítico, en la obra maestra “Los vikingos” (Richard Fleischer, 1958). En esta última, probablemente el trabajo más imponente de la filmografía de Curtis, se conjugaba todo aquello que su figura, aún atlética, aún mitológica, simbolizaba en el inconsciente norteamericano.
Esquina superior derecha: ¡Curtis ríe!
Dispuesto a reinventarse, Tony Curtis halló su nuevo filón en la comedía. Como prefiguró la desconocida (y estupenda) “El temible Mister Cory” (Blake Edwards, 1957), el futuro del actor se encontraba en crear a ese personaje encantador, ese filibustero machista de clase alta, que enamorase con el mismo furor a ricas, aunque las quisiese por su dinero, y a pobres, aunque las quisiese por su cuerpo. Nadie entendió esa dicotomía, en la que él siempre salía ganando, como Billy Wilder y su “Con faldas y a lo loco” (1959). La iconografía que recorre las venas del siglo XX (y que el XXI vampiriza), jamás juntará en un fotograma tal cantidad de talento. Cierren los ojos y digan “Marilyn Monroe, Jack Lemmon y Tony Curtis”. ¿Merece la pena añadir más? Él estuvo ahí, y ese momento cósmico desbarató su carrera por completo. Ya no era el campeón en “Espartaco” (Stanley Kubrick, 1960), sino un aliado del campeón oficial Kirk Douglas; ya no era el campeón en “Taras Bulba” (J. Lee Thompson, 1959), sino el hijo desterrado, moribundo de Yul Brinner. Al igual que el primogénito traidor del filme de Lee Thompson, el arquetipo cómico que cultivó en “Con faldas y a lo loco” confabuló en su contra y degeneró en cruces salvables, la divertidísima “La carrera del siglo” (Blake Edwards, 1965), y en un montón de proyectos que, en la lejanía, aparecen como ejemplos del “kitsch” setentero que encanta a Austin Powers o que revisitó, con ansias postmodernas, Peyton Reed y su “Abajo el amor” (2003). Me refiero a “La pícara soltera” (Richard Quine, 1964), “Soltero en apuros” (Norman Jewison, 1963), “Bromas con mi mujer, ¡no!” (Norman Panama, 1966) o la imposible “No hagan olas” (Alexander McKendrik, 1967).
Esquina inferior izquierda: redefinirse (otra vez).
Si algo impulsó la distorsión de su arquetipo favorito hacia sucedáneos lamentables, fueron a las ansías de Curtis de destruirlo definitivamente. “El estrangulador de Boston”, uno más de los filmes de referencia de Richard Fleischer, dibujaba a un tercer Tony, cercano como nunca a lo que hubiese sido un Bernard Schwarz envejecido. “¿Por qué le abren la puerta?”, se preguntaba un periódico de Boston sobre las mujeres a las que el asesinó mató. Tal vez ellas viesen, en el fondo de los ojos de ese mediocre, lo que quedaba en Curtis de héroe y que iban diluyendo kilos y ojeras. Freud afirmaba que las mujeres buscan a la figura paterna a lo largo de su existencia, ¿quién sabe si la heroicidad pretérita del actor no fuese la perfecta para representar los instintos incognoscibles que impulsaban a una chica a abrir sus puertas a un psicópata? En una creación digna de un Norman Bates ajado, el actor se abandonó a la locura, a una demostración de talento de semejante calibre que no le permitió volver a levantarse.
Esquina inferior derecha: pero, ¿no estaba muerto ya?
Como si se tratase de una broma, los últimos treinta años de Curtis se han dedicado al derrumbe final de su propia figura, bien, en la decrepitud anciana, con unas apariciones bizarras en peluquín y camiseta de purpurina, o, bien, en la decrepitud fílmica, con películas que le hacían muy poco bien (un limitado grupo de humanos le recordamos en engendros como “El hombre centollo de Marte” u “Otelo, comando negro”). Puede ser que no merezca la pena detenerse demasiado en este compartimento de la pantalla salvo, quizá, por el solitario placer de comprobar la emigración de sí mismo, digna y patética, valiente y cobarde, que llevó a cabo Tony Curtis durante toda su vida y que ha alcanzado, ayer, su meta.
(Inédito)
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lunes, 25 de octubre de 2010
GUARDIOLA ES ZULÚ
Maximino tiene pelotas
Un señor que viste bien, que no grita, que no eructa, que respeta las colas, que no cree en la lotería primitiva, que no sabe para qué utiliza Leire Pajín sus morritos… no puede ser español. En “La invasión de los ladrones de cuerpos”, el cineasta Don Siegel caracterizaba a unos engendros alienígenas sin emociones que trataban de conquistar el mundo camuflados como seres humanos. ¿Y si la ficción se ha vuelto realidad? ¿Quién nos dice que el teletubbie morado Guardiola no sea uno de ellos? Al final de la película clásica, Kevin McCarthy gritaba a una multitud de automóviles indiferentes que los extraterrestres están entre nosotros. Esa desazón ha creado Maximino Martínez, el presidente de la Federación de Futbol asturiana, al desvelar que Guardiola es “extranjero”.
El etnólogo Martínez (sus estudios transversales en el Vallobín occidental y la famosa frase que pronunció un habitante tribal de La Felguera al verle bajar del Alcotán, “Maximino, supongo”, así lo prueban) ha refrendado nuestras sospechas cuando, este viernes, declaró que el catalán Guardiola no comprendía los premios Príncipe y, por tanto, no permitía a sus jugadores acudiesen porque, como el portugués Mourinho, era “extranjero”. ¡Grande Maximino! Dejen de engañarse, cabestros. Pep es alguien que, si seguimos la etimología de la palabra “extranjero”, viene “de fuera”; en definitiva, Pep pertenece al “exterior”. Y, ¿existe algo más extrínseco (¡y a-español!) que enfundarse “tweeds” púrpura? En lo único que se ha equivocado nuestro presidente es en la posibilidad de que el portugués y el catalán no conozcan los premios Príncipe. Cualquiera que siga las siguientes instrucciones podría hacerlo: 1) vaya a un locutorio; 2) encienda un ordenador; 3) mande que apaguen el “guatanebikonso”; 4) cómprese dos chicles; 5) abra Google; 6) Teclee en el buscador “premios príncipe”.
Al igual que el alegre langreano, todos los grandes genios fallaron por poco: Colón creyó que llegaba a las Indias, Hipatia de Alejandría que explicaba el movimiento de los planetas a Amenábar o Cachero que podría hundir a Gabino. Craso error dentro de una teoría revolucionaria. Puestos a aceptar que Guardiola es extranjero, yo le veo más de Zimbabue. Su piel morena, su acento multicultural y su afición al baile demuestran que al hombre le va la marcha (ordenada) y extranjera. Aunque no haya dado en el clavo, me atrevo a proponer a Max Martínez como nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales. Un tipo así, que ha planteado un algoritmo que distingue taxativamente quién es extranjero y quién no, se merece semejante galardón. Y, amigos, no duden de que él sí va a venir a la ceremonia, no como Bob Dylan. Bendito sea.
En "Talkin John Birch Paranoid Blues", Dylan veía gente "de fuera" (en este caso, comunistas) por todas partes
jueves, 21 de octubre de 2010
LA RED SOCIAL
Director: David Fincher
Intérpretes: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake
Web: http://www.sites.sonypicturesreleasing.es/sites/socialnetwork_site/
En 1857, el político y orador Frederick Douglass escribía: “Los “Self-made men” (Hombres hechos a sí mismos) […] son los hombres que deben poco o nada a su lugar de nacimiento, sus relaciones, sus amistades; ni a herencias o medios para educarse. Ellos son quien son, sin el empuje de las condiciones favorables en las que otros hombres normalmente avanzan y consiguen grandes resultados”. Cuarenta años después, Edwin Arlington Robinson publicó el poema “Richard Cory”, en el que se (de)mostraba la madurez del arquetipo de Douglass. Aún en su vida de superación, aún en su vida de reconocimiento público, aún en su vida de riquezas, su Richard Cory, su “self made man”, acababa pegándose un tiro en la cabeza. Lo que ocurre entre el niño que albergaba ilusiones de gachas y harina y el triunfador que otorga indulgencias al botones, centra una de las temáticas predilectas del cine norteamericano. Ahí convive la ficción de Charles Forster Kane, contrachapada al magnate William Randolph Hearst, con otras limítrofes como el minero Daniel Plainview que Daniel Day Lewis ejecutó con talento desbordado en la magistral “Pozos de ambición”(Paul Thomas Anderson, 2007).
Parecía extraño que David Fincher, un explorador de los vacíos flexibles del éxito postmoderno en “El club de la lucha”, no se hubiese entrometido todavía en uno de los referentes del “american dream” para, con su saña habitual, desmontarlo. Pero parecía más extraña su asociación con el guionista Aaron Sorkin (“El ala oeste de la Casa Blanca”) al empantanarse juntos en este cometido a través del postadolescente Mark Zuckerberg, el fundador (¿solo o en compañía de otros?) de Facebook. No se engañen: poco importa el concepto Facebook en “La red social” si no es con la intención de dibujar los claros (su visión, su ambición, su inteligencia “entusiasmal”) del protagonista. Como hiciera Welles con su ciudadano K., construye Fincher la historia de este “self made man” mediante un puzle rocoso, literario, desafiante, que se nutre de “flashbacks” con el objetivo de plantear(nos) e intuir(nos), no concluir(nos), los vericuetos del sórdido ascenso de este chaval de veintipocos años a la cima. El personaje que Sorkin le ha regalado a Jesse Eisenberg, uno de los actores imprescindibles de la post-comedia hollywoodiense, cimienta a un icono neonato del cine norteamericano, aunque, paradójicamente (y por mucho 2.0. que haya por medio) éste no tenga nada de nuevo. En su hierática condición de observante y conspirador, el Zuckerberg de Fincher dedica el metraje a estructurar líneas de código que canibalizan a todo aquel que no ejecute su lógica de comandos, a todo aquel que se deje llevar por las contingencias imbéciles (amistad, sexo, confianza) del ser humano.
Es “La red social” el gran intento de Fincher de derribar (¿acaso se dedican a diferente menester los grandes creadores?) una ilusión esencial, en este caso la del mito fundacional estadounidense del “hombre hecho a sí mismo” que propagaron Douglass y alrededores. Según el político del XIX, la meta que explicaba el éxito de estos humanos era la consecución de los retos diarios, honestos, que el propio triunfador planeaba, imagen literaria nos toca, justo al erguirse de la cama. Desde la primera (y, en su contención verborreica, extraordinaria) escena, el “Rosebud” de Zuckerberg es, mimetizando al trineo de Kane, un algo tangible, inmerso en la vida, por consiguiente, un algo alejado de cualquier motivación metafísica; a quien ansía impresionar el chaval (quien lo probó, lo sabe) es a una moza que le dijo “no”. A lo largo del filme, y quizá en el único atisbo de la humanidad titubeante del protagonista (ni siquiera se nos esboza su familia), todo (Facebook, el dinero, el éxito, las fiestas) remite a esa chica que no aceptó compartir, daños colaterales de la realidad, los algoritmos de la existencia del futuro magnate.
Con “La red social” y su actualización inquietante y desoladora del arquetipo del “hombre hecho a sí mismo”, David Fincher rueda la cuarta obra maestra de su filmografía (añadiéndose a “El club de la lucha”, “Zodiac” y “El curioso caso de Benjamin Button”). El impresionante trabajo de edición de Kirk Baxter y Angus Wall, unido a la comprensión extrema del texto que prueba la BSO de Trent Reznor (Nine Inch Nails), complementan la multitud de justificaciones por las que semejante calificación, hoy tan manida, se le debería otorgar sin ningún pudor. Nunca se ha coronado a un “self made man”, a ese “new” Zuckerberg del epílogo, de forma tan comprimida, tan amarga, como con la de esa sentencia terrible (“piensa en ellos como en una multa de tráfico”), compuesta por unas palabras que engloban antiguas amistades y convivencias, significada por un epitafio que entierra definitivamente un pretérito.
Aún concluyendo que su red social jamás hubiese cuajado si su impulsor no hubiese conspirado (así se decide en “primera división”, nos recuerda el Maquiavelo de Timberlake) para eliminar “lastres”, Fincher cierra su mirada al creador de Facebook con el irónico y revelador “Chico, ya eres rico” de los Beatles: “¿Qué se siente al pertenecer a la gente guapa?/ ahora que sabes quién eres/ ¿quién quieres llegar a ser?”. Fuera de la sala; bombardeando la cabeza de referencias (esto provocan las chicas guapas y las obras maestras); clickando el Zuckerberg de Fincher en bucle, casi un lamento 2.0., una petición de amistad en Facebook; uno recuerda al genial Randy Newman cuando cantaba eso de “joder, vaya si se está solo en la cima”.
Postdata del jueves 21 de octubre de 2010:
Crítica de Jorge Luis Borges a "Ciudadano Kane" (Revista Sur nº83, agosto de 1941)
"(...) El tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso film The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico. Abrumadoramente, infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos invita a combinarlos y a reconstruirlo.(...)"
Intérpretes: Jesse Eisenberg, Andrew Garfield, Justin Timberlake
Web: http://www.sites.sonypicturesreleasing.es/sites/socialnetwork_site/
En 1857, el político y orador Frederick Douglass escribía: “Los “Self-made men” (Hombres hechos a sí mismos) […] son los hombres que deben poco o nada a su lugar de nacimiento, sus relaciones, sus amistades; ni a herencias o medios para educarse. Ellos son quien son, sin el empuje de las condiciones favorables en las que otros hombres normalmente avanzan y consiguen grandes resultados”. Cuarenta años después, Edwin Arlington Robinson publicó el poema “Richard Cory”, en el que se (de)mostraba la madurez del arquetipo de Douglass. Aún en su vida de superación, aún en su vida de reconocimiento público, aún en su vida de riquezas, su Richard Cory, su “self made man”, acababa pegándose un tiro en la cabeza. Lo que ocurre entre el niño que albergaba ilusiones de gachas y harina y el triunfador que otorga indulgencias al botones, centra una de las temáticas predilectas del cine norteamericano. Ahí convive la ficción de Charles Forster Kane, contrachapada al magnate William Randolph Hearst, con otras limítrofes como el minero Daniel Plainview que Daniel Day Lewis ejecutó con talento desbordado en la magistral “Pozos de ambición”(Paul Thomas Anderson, 2007).
Parecía extraño que David Fincher, un explorador de los vacíos flexibles del éxito postmoderno en “El club de la lucha”, no se hubiese entrometido todavía en uno de los referentes del “american dream” para, con su saña habitual, desmontarlo. Pero parecía más extraña su asociación con el guionista Aaron Sorkin (“El ala oeste de la Casa Blanca”) al empantanarse juntos en este cometido a través del postadolescente Mark Zuckerberg, el fundador (¿solo o en compañía de otros?) de Facebook. No se engañen: poco importa el concepto Facebook en “La red social” si no es con la intención de dibujar los claros (su visión, su ambición, su inteligencia “entusiasmal”) del protagonista. Como hiciera Welles con su ciudadano K., construye Fincher la historia de este “self made man” mediante un puzle rocoso, literario, desafiante, que se nutre de “flashbacks” con el objetivo de plantear(nos) e intuir(nos), no concluir(nos), los vericuetos del sórdido ascenso de este chaval de veintipocos años a la cima. El personaje que Sorkin le ha regalado a Jesse Eisenberg, uno de los actores imprescindibles de la post-comedia hollywoodiense, cimienta a un icono neonato del cine norteamericano, aunque, paradójicamente (y por mucho 2.0. que haya por medio) éste no tenga nada de nuevo. En su hierática condición de observante y conspirador, el Zuckerberg de Fincher dedica el metraje a estructurar líneas de código que canibalizan a todo aquel que no ejecute su lógica de comandos, a todo aquel que se deje llevar por las contingencias imbéciles (amistad, sexo, confianza) del ser humano.
Es “La red social” el gran intento de Fincher de derribar (¿acaso se dedican a diferente menester los grandes creadores?) una ilusión esencial, en este caso la del mito fundacional estadounidense del “hombre hecho a sí mismo” que propagaron Douglass y alrededores. Según el político del XIX, la meta que explicaba el éxito de estos humanos era la consecución de los retos diarios, honestos, que el propio triunfador planeaba, imagen literaria nos toca, justo al erguirse de la cama. Desde la primera (y, en su contención verborreica, extraordinaria) escena, el “Rosebud” de Zuckerberg es, mimetizando al trineo de Kane, un algo tangible, inmerso en la vida, por consiguiente, un algo alejado de cualquier motivación metafísica; a quien ansía impresionar el chaval (quien lo probó, lo sabe) es a una moza que le dijo “no”. A lo largo del filme, y quizá en el único atisbo de la humanidad titubeante del protagonista (ni siquiera se nos esboza su familia), todo (Facebook, el dinero, el éxito, las fiestas) remite a esa chica que no aceptó compartir, daños colaterales de la realidad, los algoritmos de la existencia del futuro magnate.
Con “La red social” y su actualización inquietante y desoladora del arquetipo del “hombre hecho a sí mismo”, David Fincher rueda la cuarta obra maestra de su filmografía (añadiéndose a “El club de la lucha”, “Zodiac” y “El curioso caso de Benjamin Button”). El impresionante trabajo de edición de Kirk Baxter y Angus Wall, unido a la comprensión extrema del texto que prueba la BSO de Trent Reznor (Nine Inch Nails), complementan la multitud de justificaciones por las que semejante calificación, hoy tan manida, se le debería otorgar sin ningún pudor. Nunca se ha coronado a un “self made man”, a ese “new” Zuckerberg del epílogo, de forma tan comprimida, tan amarga, como con la de esa sentencia terrible (“piensa en ellos como en una multa de tráfico”), compuesta por unas palabras que engloban antiguas amistades y convivencias, significada por un epitafio que entierra definitivamente un pretérito.
Aún concluyendo que su red social jamás hubiese cuajado si su impulsor no hubiese conspirado (así se decide en “primera división”, nos recuerda el Maquiavelo de Timberlake) para eliminar “lastres”, Fincher cierra su mirada al creador de Facebook con el irónico y revelador “Chico, ya eres rico” de los Beatles: “¿Qué se siente al pertenecer a la gente guapa?/ ahora que sabes quién eres/ ¿quién quieres llegar a ser?”. Fuera de la sala; bombardeando la cabeza de referencias (esto provocan las chicas guapas y las obras maestras); clickando el Zuckerberg de Fincher en bucle, casi un lamento 2.0., una petición de amistad en Facebook; uno recuerda al genial Randy Newman cuando cantaba eso de “joder, vaya si se está solo en la cima”.
Postdata del jueves 21 de octubre de 2010:
Crítica de Jorge Luis Borges a "Ciudadano Kane" (Revista Sur nº83, agosto de 1941)
"(...) El tema (a la vez metafísico y policial, a la vez psicológico y alegórico) es la investigación del alma secreta de un hombre, a través de las obras que ha construido, de las palabras que ha pronunciado, de los muchos destinos que ha roto. El procedimiento es el de Joseph Conrad en Chance (1914) y el del hermoso film The Power and the Glory: la rapsodia de escenas heterogéneas, sin orden cronológico. Abrumadoramente, infinitamente, Orson Welles exhibe fragmentos de la vida del hombre Charles Foster Kane y nos invita a combinarlos y a reconstruirlo.(...)"
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