lunes, 22 de octubre de 2007

RAIKKONEN YE DE TIÑANA

O al menos así lo parece si juzgamos la reacción del público asistente a la convocatoria de ASMA (“Asturianos en Madrid”) en una discoteca de la capital. El último banderazo de la última carrera del campeonato del mundo no dio paso a los habituales lloros del perdedor. En cambio, sonaron los vítores y las palmas a un campeón asturfinlandés. El puteo sistemático al que ha sido sometido Alonso durante la temporada produce extraños compañeros de viaje. Fíjense ustedes que estábamos todos vestidos de azul asturiano celebrando la victoria de uno que va de rojo finlandés. No hay quien lo entienda, señora.
Igualmente inusual fue ver a un grupo muy nutrido de emigrados cantando juntos “Asturias, patria querida” justo al lado de la Moncloa. Por separado, los residentes asturianos en Madrid parecemos ectoplasmas que nos materializamos en muy pocas ocasiones: en el autobús a la tierrina, en alguna sidrería escondida o en estas citas imprescindibles. Como muy bien supo entender el gran José Ramón Cuesta, uno de los organizadores de ASMA, no sólo de Formula 1 vive el asturiano. Comenzaron los previos de la carrera con gaitas y con un Belo entregado más a Alonso que a su música. Normal. Al poco de conectar con Interlagos, supuró a borbotones la tirria que existe por Hamilton. Había personal en la audiencia al que, tras el derrape del británico, se le desaparecieron las pupilas gritando sinónimos de “asqueroso”. Esos momentos de trance increpador acabaron con la cruda realidad. Quedaba decidir cuándo iba Massa a dejar pasar a Raikkonen. “¡Ahora “lu” deja pasar!”, decía un señor gordo a mi lado. Pues no, señor gordo, el “jodío” todavía nos estuvo manteniendo el suspense unas cuantas vueltas más. Al final, como diría Sabina, por fin el fin. Alonso no ganó el Mundial este año, repítanselo como terapia. Pero tranquilos, relájense, dentro de 146 días arrancará el próximo. Y, además, el campeón ye de Tiñana.

UN BLANCO RADIANTE

EL PARTIDO DEL AÑO

Quiero ser Robinho. Bueno, y Ronaldinho si ficha por el Real Madrid. No porque jueguen bien al fútbol, qué va. Eso es basura que puede hacer cualquiera. Este año pediré a los Reyes heredar el “mojo” de los jugadores brasileros. No suele pasar, especialmente a mamíferos como yo, que te inviten a orgías tras golear ¡al puñetero Ecuador! Es casi como que te regalen el cielo bendito por vencer a “Carrocerías Nicasio”. Imagínense qué harán cuando ganen la Copa del Mundo. ¡Chicas de Rio de Janeiro, escondeos en vuestras casas (o en la mía)!
La escena impagable, me da igual que sea inventada o no, llega con Robinho pidiendo preservativos. Por lo visto, el ente gritaba alrededor de la discoteca “¡necesito camisinhas!”. Qué guapa ye la palabra “camisinhas”, amigos. Se la propongo al Ministerio de Sanidad. Mucho mejor que condones, gomas o, por supuesto, profilácticos (¡puaj, suena hasta gocho!). A lo que vamos; o sea que el humano se da un voltio por una orgía y no lleva “camisinhas”. Un poco de por favor, chaval, que eres un multimillonario que acaba de conseguir un hito en la historia del deporte. Saca tres euros del cajero y no hagas el ridículo. Lo que tiene el refálfiu, compañeros.
Lo gordo de esta historia cachonda es que acaba, como todas las películas gamberras, con final feliz. Robinho, en declaraciones recogidas por LA NUEVA ESPAÑA, afirma que fue al “orgiódromo” con “apenas una amiga” a “apenas festejar la victoria”. Además, apenas tenía “camisinhas”. Porque al ser todo muy apenas, nadie dice nada. Ni Rijkaard, tan acostumbrado a dejar que sus “gremlins” se desmadren, ni Schuster, que declara que el brasileño “se fue con la selección a recuperarse”. Amigo alemán bigotudo, todos nos recuperaríamos así. ¡Haz las pretemporadas en Sao Paulo y ya verás!
Claro, ¿cómo van a ganar nuestros equipos al Villarreal y al Espanyol? Dos partidos atolondrados, equivocados de salida y con rivales ultramotivados enfrente. Cierto que el encuentro del Barcelona fue desastroso, con su apuesta por la juventud hippie y por los penalties tontos, pero el Madrid pecó de falta de solidez y, sobre todo, de confianza. ¿En qué estarían pensando los jugadores? Probablemente en que les cuenten cuanto antes la película del año: la segunda parte de “Supersalidos”, con Robinho y Ronaldinho.

sábado, 20 de octubre de 2007

SUPERSALIDOS

SUPERSALIDOS
Director: Greg Mottola
Intérpretes: Michael Cera, Jonah Hill, Christopher Minz-Plasse
Web: http://www.sonypicturesreleasing.es/sites/supersalidos/

Si el cine sirve en ocasiones como instrumento para mostrar los hábitos de grupos sociales lejanos, “Supersalidos” constituye una muestra ejemplar de cine social. En este caso, se documenta un rito iniciático propio de la sociedad de consumo del XXI; el paso del “highschool” a la universidad. Tres adolescentes “freak” nos descubren los principales requisitos impuestos al “teenager” globalizado para convertirse en mayor de edad: el sexo y el alcohol. El principal problema y, por tanto, el motor de la película, se resume en la enorme dificultad para lograr estos objetos. El “bebercio” por la barrera legal, ya que en los USA no se puede consumir alcohol hasta los 21, y el “folleteo” por la barrera femenina, ya que en todo el mundo los adolescentes raros no ligan un pijo. El filme pone de manifiesto la existencia de una relación dialéctica potentísima entre ambos: “o emborrachas a la chica o no hay sexo”. Mottola y Apatow, expertos en la frustrante vida del imberbe, cuadran una comedia gamberra de libro. No se olviden de lo que hablamos, claro. Aquí se agolpan excreciones de muchos tipos, policías que quieren ser “molones”, un arte testicular excepcional… alrededor de un trío protagonista impecable: Michael Cera, inolvidable en “Arrested Development”, Jonah Hill (“Saturday Night Live”) y Christopher Mintz-Plasse (¡nuevo Rick Moranis!). Por último, no se enfaden si todo termina de la forma más edulcorada posible. Como hemos dicho, ésta es una comedia gamberra de libro.

LA JOVEN JANE AUSTEN

LA JOVEN JANE AUSTEN
Director: Julian Jarrold
Intérpretes: Anne Hathaway, James McAvoy, James Cromwell
Web: http://www.lajovenjaneausten.com/

En estos últimos años, uno de los divertimentos favoritos de Hollywood es el paradójico juego de “ficcionalizar” la vida de un autor. Este extraño proceso tiende a reescribir las biografías en base a la obra del biografiado. Por tanto, el J.M. Barrie de la muy recomendable “Descubriendo Nunca Jamás” no sólo conoce a un niño que se llama Peter (hecho real) sino que aparte tiene un público affaire con la madre de éste (hecho no probado). Además, no dispone de una personalidad independiente, sino que la hereda de su creación; como “Peter Pan”, el Barrie “ficcionalizado” es inmaduro, le gustan los niños, tiene ingenio,…
“La joven Jane Austen” tira del mismo recurso. En este caso se explota una relación no confirmada de la cuasivirginal Austen con Thomas Lefroy, un joven abogado irlandés. Para ello se sirven de dos actores de muy diferente porte y de poca química: James McEvoy, tan hiperbólico como en “El último rey de Escocia”, y la sosísima Anne Hathaway, que aún sigue sin superar “Princesa por un día”. Propuesta dirigida mayoritariamente a mujeres, el amor imposible entre estos dos personajes opuestos, con el pobre pretendiente y su madre de por medio, deja indiferente a medida que nos van contando sus encuentros y desencuentros, sus bailes y sus citas furtivas en la biblioteca. Probablemente lo más burdo de un metraje aséptico llega con la aparición gratuita en pleno siglo XVIII de actitudes más propias del XX. Liberación de la mujer, rebeldía contra los padres, enfrentamiento con la sociedad machista… en definitiva, un poco demasiado.

FRACTURE

FRACTURE
Director: Gregory Hoblit
Intérpretes: Anthony Hopkins, Ryan Gosling, David Strathairn
Web: http://www.fracturemovie.com/

Gregory Hoblit plantea con “Fracture” lo mismo que ha hecho durante toda su filmografía: enfrentar a dos personajes y, a golpe de guión tramposo, manufacturar un “thriller”. A veces le sale bien (“Las dos caras de la verdad”), otras muy regular (“Fallen” y “Frecuency”) o, las últimas, de sonrojo (“La guerra de Hart”). “Fracture” está bordeando el último grupo. Willy Beachum (Ryan Gosling), un abogado segundón, se ve involucrado en la resolución del crimen perfecto. ¿Cómo se han podido evaporar todas las pruebas que acusan a Ted Crawford (Anthony Hopkins) del asesinato de su esposa? No pasa nada, tranquilos; eso sólo le preocupa al protagonista. Para el espectador, los creadores ya guardan explicaciones trileras. Que si esto no estaba en ese cajón, que si una bala se fue a Roma y volvió, que si se le había pasado por alto un detalle… pues vale. Por medio de tanto despropósito, da tiempo a certificar que “malvado superinteligente y encantador” es el papel alimenticio preferido de Anthony Hopkins. Aparte de dicha certeza hopkiniana, este divertimento de telefilme acaba dejando la sensación de haber visto mil historias parecidas en mil series de medio pelo.

FIRST SNOW

FIRST SNOW
Director: Marc Fergus
Intérpretes: Guy Pierce, Piper Perabo, J. K. Simmons
Web: http://www.firstsnowthemovie.com/

En “Targets”, la segunda (e impecable) película de Peter Bogdanovich tras la bizarra “Viaje al mundo de las mujeres prehistóricas”, Boris Karloff cuenta la fábula “Cita en Samarra”. Un sirviente de un famoso mercader de Bagdad intenta escapar de La Muerte pero ni los veloces caballos, ni la huida a Samarra, le ayudan a evitar la llegada de la Parca. Frente a esta bellísima historia se sitúa “First snow”. A Guy Pearce, un comercial de máquinas de “jukebox”, un adivino le revela diversos acontecimientos futuros y, entre ellos, “visualiza” su muerte al llegar las primeras nieves. Por cierto, ¿por qué en las películas los videntes siempre se sorprenden al ver a la muerte, cuando es lo único que comparten todas las personas a las que estafan? A partir de ahí, en una especie de “¡Jo, qué noche!” sin noche y sin ritmo, Marc Fergus cuenta las peripecias de Pierce para evitar la anunciada caducidad. Muy irregular, poco interesante y repetitiva, “First snow” molesta por su ideología esotérica implícita: “todos tenemos un destino que pueden revelar unos pocos”. Si lo dijese Íker Jiménez por lo menos nos partiríamos de risa, pero envuelto en poéticas nieves y en cuentas pendientes, nos desperezamos hasta la médula.

viernes, 19 de octubre de 2007

EL ROJO DEL TECHNICOLOR

Errol Flynn necesitaba del traje verde de “Robin de los bosques”. Los enanitos agitaban sus multicolores sombreros tras Blancanieves. Y “los diamantes son el mejor amigo de las chicas” si van cubiertas de rosa como Marilyn. Para destacar, todo el universo de la época dorada del Technicolor tenía que vestir tonalidades, matices… Deborah Kerr, no. Ella era el rojo del Technicolor. Lo fue en la irregular “Las minas del Rey Salomón” y en la imprescindible “El prisionero de Zenda”, ambas junto a Stewart Granger. Repitió experiencia en la bíblica, monumental y envejecida “Quo Vadis”. Finalmente, de la mano de una Jean Seberg freudiana, enterró ese esplendoroso sistema en el mismo ataúd que a la década de los cincuenta.
Aún así, sus papeles más importantes no necesitaban que la pantalla les destacase el color. “Tú y yo”, la promesa incierta con Cary Grant, modeló un género ya desaparecido. Pero también era capaz de destrozar, en “Vivir un gran amor”, los corazones de Van Johnson y Peter Cushing. Muy poco después, desencantada de Hollywood, se sirve de “La noche de la iguana”, de la deliciosa “Divorcio a la americana” y de “Los temerarios del aire” para preparar su matrimonio con Peter Viertel y su retiro en Marbella.
Termina de ser triste, o quizá gozoso, que el momento donde Kerr se fundió con el celuloide no muestre su maravilloso pelo rojo entrelazado al blanco y negro. Burt Lancaster la besa en una playa mientras se arremolinan entre la arena y el mar. Zinnemann les captura jóvenes, enamorados y culpables. De ahí, Deborah Kerr, a la eternidad.

lunes, 15 de octubre de 2007

UN BLANCO RADIANTE

LA MALDICIÓN DE GREGORY PECK

Recuerdo una película que vi una vez sobre un hombre que cabalgaba a través del desierto. La protagonizaba Gregory Peck. Le disparó un chiquillo envalentonado que intentaba hacerse un nombre en el Oeste. La gente del pueblo atrapó al chaval y querían colgarle en la horca. (...) Entonces el pistolero, agonizando al sol, habló en su último aliento: «Suéltenlo, déjenlo ir, digan que me venció limpiamente. Quiero que sepa lo que es tener siempre la muerte cerca».
Los versos de Bob Dylan y Sam Shepard en la canción «Brownsville girl» cuentan la bellísima parábola que aparece en «El pistolero», un western dirigido por Henry King en 1950. Un hombre lanza una maldición terrible a su asesino. En vez de que la turba le mate a palos, Jimmy Ringo (Peck) hace que ese chiquillo ansioso de fama herede su papel de vaquero a batir. A partir de ese día, no podrá vivir tranquilo.
A Luis Aragonés sus predecesores le han lanzado la misma maldición. El único problema es que ya no es un adolescente impetuoso. Su entrada al cargo, llena de palabras rimbombantes y promesas no cumplidas, está acabando en la misma paranoia que Gregory Peck le prometía a su sucesor. Como el William Munny de «Sin Perdón», Luis vuelve a un trabajo que no debería haber aceptado nunca. Además, sería bueno que se diese cuenta de que no todo se arregla disparando al bulto (periodistas, aficionados...), pero eso pasa al tener siempre la derrota acechando. Irlanda, Suecia, Dinamarca... los equipos menores, en las temblorosas manos de Luis, convierten cada partido en «el partido decisivo». Y encima, con pose de vaquero chuleta, se atreve a vacilar a Raúl, una ausencia incomprensible de sus incomprensibles listas. «Dime los Mundiales y Eurocopas que hemos "ganao" con Raúl», pregunta el seleccionador con tono irónico a unos aficionados que le increpan. «Los mismos que contigo», tendría que responderle un chiquillo envalentonado. Quizás entonces, con ese disparo seco, Aragonés se diese cuenta de que lo mejor que podría hacer ya lo cantaba Bob Dylan en «Brownsville girl». Marcharse dignamente y dejar que a otro le asedie la derrota.

LA HUELLA

LA HUELLA
Director: Kenneth Branagh
Intérpretes: Michael Caine, Jude Law
Web: http://www.sonyclassics.com/sleuth/

La segunda adaptación cinematográfica de la obra de Anthony Schaffer se separa desde un principio de su antecesora. En ambas un extraño llega a una mansión inglesa y es recibido por su dueño, un escritor de éxito. Pero mientras que Mankievicz apostaba por un laberíntico juego de mentiras, Branagh se inclina por el vouyeurismo de salón. Enclaustrados en un diseño de producción “new age” que probablemente envejezca peor aún que el de su predecesora, los personajes de Caine y Law comienzan con muy buen pulso un tira y afloja de maldades y dobles sentidos que demuestra lo que podría haber sido esta versión de “La huella”. Pero una vez superado el primer acto, la tónica de la función cambia. Se elimina cualquier referencia a la posibilidad de un divertido ajedrez y el guión opta por fundirse con la gelidez del escenario. En ese momento, más le importa a Branagh la seducción tontorrona que la acción. No arranca, por mucho que quiera, un Michael Caine de trazo grueso ni un Jude Law sobreactuado. Esa especie de obsesión homosexual poco justificada elimina cualquier emoción y, por supuesto, cualquier cercanía semejante a la que sentíamos por el encanto de Olivier y Caine. Falla, por tanto, lo esencial: la adaptación del texto original, la contención de los actores y la conceptualización de los espacios. Únicamente permanece la sensación de que los implicados padecían el “síndrome Norma Desmond”: “Yo soy grande. Son las películas las que se han vuelto pequeñas”. La perfecta metáfora viene con el cartel de “La huella”, donde los nombres de los creadores (Branagh, Pinter, Caine y Law) casi ocultan el título del filme. Los autores muy por encima de su obra. Pues, perdónenme ustedes, con cuatro apellidos no basta.

UN FUNERAL DE MUERTE

UN FUNERAL DE MUERTE
Director: Frank Oz
Intérpretes: Matthew McFadyen, Rupert Graves, Jane Asher

Desde mediados de los sesenta, justo cuando comienzan a jubilar a Billy Wilder, las incursiones en la comedia de enredo clásica van decreciendo. Probablemente por un cierto e injusto aire “demodé” unido a un público cada vez más refalfiáu, estos filmes han degenerado hacia sus dos extremos: la gamberrada o la “romanticada”. Así, los intentos de Bogdanovich (“¡Qué ruina de función!”) o de Blake Edwards (“Una cana al aire”), acaban en pequeñas declaraciones de amor a un cine que no volverá. Frank Oz, que comparte generación y añoranzas con los anteriores, retoma el vodevil tradicional, divertido y menor, con “Un funeral de muerte”. Alrededor del entierro de un respetable hombre de familia, se agolpa un personal que, poco a poco, va confirmando los secretos y las vergüenzas del muerto. Heces de inválido, chantajes de enano, LSD en cajas… la película de Oz tiene dentro todo un manual de cómo hacer que una comedia carbure en plena campiña inglesa. Ayudado por los estupendos Matthew McFadyen y Alan Tudyk, el mecano teatral del realizador británico demuestra un hecho incontestable: la risa, aunque sea provocada por los muertos, es la mejor prueba de que estamos vivos.