Director: Vicente Aranda
Intérpretes: Eduard Fernández, Thaïs Blume, Emilio Gutiérrez Caba
Web: http://www.lunacalientepelicula.es/
Vicente Aranda habita eso que el personal categoriza, inmisericorde y unívoco, como “cine español”. Sólo se escapan de ese saco popular (y populista) aquellas películas “que no parecen españolas” (de entre las últimas, “Celda 211” y, escarbando, “Tesis”). Esta definición de “película española” se caracterizaría, pues, por un presupuesto bajo (y la sospecha de subvenciones); una marcada afición al ritmo pausado y al drama (de la comedia se ocupa “la españolada”); una buena dosis de carnaza estrambótica (sin caer en “No desearás al vecino del quinto”); una constante revisitación del pasado reciente (especialmente de la guerra civil, esto también la alejaría de “la españolada”); y un izquierdismo hiperbólico (en genérico, ¿para qué ahondar?, que va desde el trotskismo hasta la socialdemocracia).
Lo curioso es que una parte de la filmografía de Aranda se acoge a esta descripción grosera y simplista (dos básicos de la peor producción del director barcelonés). Siguiendo esta línea, mantienen a flote “Luna caliente” sus discretas hechuras de “noir” (crimen, femme fatale, culpa). El resto de la cinta se sumerge en un artificio grandilocuente y vacuo (su trasfondo de forespán histórico) que se añade a calzador con tal de inflar el metraje. Si la macrohistoria de “Chinatown” intuía una operación urbanística en la que germinaba su trama de corrupciones e incesto, la ambientación del filme durante el proceso de Burgos no aporta nada (y nada podría aportar) a un guión de actores desubicados (Gutierrez Caba replica su personaje de “Un buen hombre”), escenas imposibles y una sorpresa. Que Thaïs Blume salga ilesa.
lunes, 8 de febrero de 2010
LA CUARTA FASE
Director: Olatunde Osunsanmi
Intépretes: Milla Jovovich, Elias Koteas, Will Patton
Web: http://www.thefourthkind.net/
Aquí pueden ver una muestra de lo que cuento
Escena inicial de “La cuarta fase”. Milla Jovovich mira a cámara. Plano medio. “Hola, soy Milla Jovovich y les voy a contar una historia”. Como Alfred Hitchcock en su serie o Edward Mulhare en “Secretos y misterios”, la actriz nos revela que lo que vamos a ver a continuación combina videos caseros, entrevistas, documentos, audios y recreaciones dramáticas (en las cuales Jovovich interpreta a la protagonista). La misión de este “trabajo de investigación” es “reconstruir” una abducción alienígena en un pueblecito de Alaska, recreando el libro de estilo de los “programas dedicados al misterio” (robo esta descripción del feriante Íker Jiménez).
Lo interesante del largometraje de Olatunde Osunsanmi no se encuentra en su historia, una serie “B” de ovnis con presencias notables (Will Patton o Elias Koteas), sino en su forma de de contarla. Las grabaciones, los testimonios, las entrevistas…, todo aquello que da sustancia “real” al filme, es ficción. Asimismo, la dramatización de los hechos (con Jovovich de actriz principal) es una ficción encima de la anterior. A pesar de que, en el fondo, constituya otro ejemplo de estrategia de marketing (“El proyecto de la bruja de Blair”), el gran mérito de la película reside en desmontar los elementos fílmicos (audios distorsionados, vídeos difusos, testimonios de autoridad) que programas paranormales como “Cuarto milenio” utilizan para dar “validez científica” a sus ficciones (sin advertir, claro, al espectador de que son tales). Vean “La cuarta fase” como quien asiste a la explicación de un truco del gran Juan Tamariz. Después, cada vez que les asalte el rostro de Iker Jiménez, sólo podrán reír.
Intépretes: Milla Jovovich, Elias Koteas, Will Patton
Web: http://www.thefourthkind.net/
Aquí pueden ver una muestra de lo que cuento
Escena inicial de “La cuarta fase”. Milla Jovovich mira a cámara. Plano medio. “Hola, soy Milla Jovovich y les voy a contar una historia”. Como Alfred Hitchcock en su serie o Edward Mulhare en “Secretos y misterios”, la actriz nos revela que lo que vamos a ver a continuación combina videos caseros, entrevistas, documentos, audios y recreaciones dramáticas (en las cuales Jovovich interpreta a la protagonista). La misión de este “trabajo de investigación” es “reconstruir” una abducción alienígena en un pueblecito de Alaska, recreando el libro de estilo de los “programas dedicados al misterio” (robo esta descripción del feriante Íker Jiménez).
Lo interesante del largometraje de Olatunde Osunsanmi no se encuentra en su historia, una serie “B” de ovnis con presencias notables (Will Patton o Elias Koteas), sino en su forma de de contarla. Las grabaciones, los testimonios, las entrevistas…, todo aquello que da sustancia “real” al filme, es ficción. Asimismo, la dramatización de los hechos (con Jovovich de actriz principal) es una ficción encima de la anterior. A pesar de que, en el fondo, constituya otro ejemplo de estrategia de marketing (“El proyecto de la bruja de Blair”), el gran mérito de la película reside en desmontar los elementos fílmicos (audios distorsionados, vídeos difusos, testimonios de autoridad) que programas paranormales como “Cuarto milenio” utilizan para dar “validez científica” a sus ficciones (sin advertir, claro, al espectador de que son tales). Vean “La cuarta fase” como quien asiste a la explicación de un truco del gran Juan Tamariz. Después, cada vez que les asalte el rostro de Iker Jiménez, sólo podrán reír.
domingo, 7 de febrero de 2010
PRECIOUS
Director: Lee Daniels
Intérpretes: Gabourey Sidibe, Mo’ Nique, Paula Patton
Web: http://precious.filmax.com/
La adaptación de “Push”, novela de la afroamericana Sapphire, tuvo que suponer un quebradero de cabeza al director Lee Daniels (su notable primera película, “Shadowboxer”, con Cuba Gooding Jr. y Helen Mirren, pasó desapercibida). Fíjense en el laberinto: la historia de una adolescente obesa, pobre y analfabeta, que, tras ser violada por su padre, afronta las dificultades de un embarazo ante la impasividad de su madre. Aunque haya momentos insalvables (una discusión violenta que termina con Precious en la calle), el filme apuesta por una fórmula para sortear la lagrima fácil. La combinación de cruda realidad con onirismo amable (muy oportuna la mímesis con el neorrealismo italiano), la separa del terrible “blaxploitation” de superación que copaba las salas del Bronx en los setenta (como nota al pie, “Cornbread, Earl y yo”, de Joseph Manduke, 1975, sería el paradigma).
De todos modos, la habilidad del realizador no puede evitar que la acumulación de traumas y desgracias y dramas y traumas… desestabilice esa mínima suspensión de la verosimilitud exigible al entrar en un cine y “Precious” nos retrotraiga a experiencias incoherentes como “El color púrpura” (Steven Spielberg, 1985) o “Beloved” (Jonathan Demme, 1998). No se trata de los espléndidos trabajos de Mo’nique, la debutante Gabourey Sidibe o Mariah Carey, sino que, como decía Woody Allen acerca de la efectividad de la comedia, “hay que doblarla, no romperla”. Lee Daniels, en el centro del desarrollo, rompe la efectividad del drama con su recurrente bicromía, con su uso amontonado de tragedias. Ya en el tramo final, las aristas y las contradicciones del soberbio monologo de Mo’nique intentan reconciliarnos con lo visto pero, he aquí el verdadero drama, llegan demasiado tarde.
Intérpretes: Gabourey Sidibe, Mo’ Nique, Paula Patton
Web: http://precious.filmax.com/
La adaptación de “Push”, novela de la afroamericana Sapphire, tuvo que suponer un quebradero de cabeza al director Lee Daniels (su notable primera película, “Shadowboxer”, con Cuba Gooding Jr. y Helen Mirren, pasó desapercibida). Fíjense en el laberinto: la historia de una adolescente obesa, pobre y analfabeta, que, tras ser violada por su padre, afronta las dificultades de un embarazo ante la impasividad de su madre. Aunque haya momentos insalvables (una discusión violenta que termina con Precious en la calle), el filme apuesta por una fórmula para sortear la lagrima fácil. La combinación de cruda realidad con onirismo amable (muy oportuna la mímesis con el neorrealismo italiano), la separa del terrible “blaxploitation” de superación que copaba las salas del Bronx en los setenta (como nota al pie, “Cornbread, Earl y yo”, de Joseph Manduke, 1975, sería el paradigma).
De todos modos, la habilidad del realizador no puede evitar que la acumulación de traumas y desgracias y dramas y traumas… desestabilice esa mínima suspensión de la verosimilitud exigible al entrar en un cine y “Precious” nos retrotraiga a experiencias incoherentes como “El color púrpura” (Steven Spielberg, 1985) o “Beloved” (Jonathan Demme, 1998). No se trata de los espléndidos trabajos de Mo’nique, la debutante Gabourey Sidibe o Mariah Carey, sino que, como decía Woody Allen acerca de la efectividad de la comedia, “hay que doblarla, no romperla”. Lee Daniels, en el centro del desarrollo, rompe la efectividad del drama con su recurrente bicromía, con su uso amontonado de tragedias. Ya en el tramo final, las aristas y las contradicciones del soberbio monologo de Mo’nique intentan reconciliarnos con lo visto pero, he aquí el verdadero drama, llegan demasiado tarde.
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viernes, 5 de febrero de 2010
CHERI
Director: Stephen Frears
Intépretes: Michelle Pfeiffer, Rupert Friend, Kathy Bates
Web: http://www.cheri-movie.com/
Vuelven a reunirse Michelle Pfeiffer y Stephen Frears tras “Las amistades peligrosas” (1988) y ese “revival” nostálgico extravía el trabajo que traen entre manos, la adaptación al cine de “Cheri” y “El fin de Cheri” de la novelista francesa Colette (1873-1954). No sabemos cuánto de su texto habitó la propia escritora, pero la redacción de esa historia de una antigua cortesana (Michelle Pfeiffer) que, ajada para continuar en su profesión, comienza una relación con un joven, Fred Peloux “Cheri” (Rupert Friend), coincidió en fechas con el “affaire” que Colette mantuvo con su hijastro, Bertrand De Jouvenal.
Teatral en espacios, limitada en producción (esto magnifica al indispensable Darius Khondji), irregular en interpretación (Rupert Friend no transmite, como en “La reina Victoria”), la película de Frears prueba que las comparaciones son odiosas. Que un cineasta tan aficionado al contraste (ha dirigido proyectos de mil colores: “Alta fidelidad” o “La reina”) se embarque en un largometraje con una de sus actrices características no significa repetición y, menos, réplica. “Cheri” alberga interés autónomo, y una parte importante del mérito hay que otorgárselo a la labor del guionista-adaptador Christopher Hampton. Hampton lleva casi cuarenta años en la industria y ha convertido en celuloide escritos monolíticos con fortuna inaudita (“El americano impasible”, “Expiación”). Esta conjunción de novelas que forman el filme fluye con sorprendente certeza (no esperábamos demasiado, nos equivocábamos) y, algún traspiés de por medio, descubre una narración bien construida que altera los roles de dos personas confundidas por un imposible (¿cuál es frágil y cuál es fuerte? ¿cuál adolescente y cuál adulto? ¿cuál marido y cuál cortesana?). Además de una impresionante Kathy Bathes, a Michelle Pfeiffer (una consecuencia de haber sido desterrada de la clase “A” de Hollywood) hay que aplaudirle la irónica (y dolorosa) desmitificación de sí misma que ejerce en “Cheri”. “Time is on your side”, cantarían otros irónicos ancianos a la aun guapísima Pfeiffer.
Intépretes: Michelle Pfeiffer, Rupert Friend, Kathy Bates
Web: http://www.cheri-movie.com/
Vuelven a reunirse Michelle Pfeiffer y Stephen Frears tras “Las amistades peligrosas” (1988) y ese “revival” nostálgico extravía el trabajo que traen entre manos, la adaptación al cine de “Cheri” y “El fin de Cheri” de la novelista francesa Colette (1873-1954). No sabemos cuánto de su texto habitó la propia escritora, pero la redacción de esa historia de una antigua cortesana (Michelle Pfeiffer) que, ajada para continuar en su profesión, comienza una relación con un joven, Fred Peloux “Cheri” (Rupert Friend), coincidió en fechas con el “affaire” que Colette mantuvo con su hijastro, Bertrand De Jouvenal.
Teatral en espacios, limitada en producción (esto magnifica al indispensable Darius Khondji), irregular en interpretación (Rupert Friend no transmite, como en “La reina Victoria”), la película de Frears prueba que las comparaciones son odiosas. Que un cineasta tan aficionado al contraste (ha dirigido proyectos de mil colores: “Alta fidelidad” o “La reina”) se embarque en un largometraje con una de sus actrices características no significa repetición y, menos, réplica. “Cheri” alberga interés autónomo, y una parte importante del mérito hay que otorgárselo a la labor del guionista-adaptador Christopher Hampton. Hampton lleva casi cuarenta años en la industria y ha convertido en celuloide escritos monolíticos con fortuna inaudita (“El americano impasible”, “Expiación”). Esta conjunción de novelas que forman el filme fluye con sorprendente certeza (no esperábamos demasiado, nos equivocábamos) y, algún traspiés de por medio, descubre una narración bien construida que altera los roles de dos personas confundidas por un imposible (¿cuál es frágil y cuál es fuerte? ¿cuál adolescente y cuál adulto? ¿cuál marido y cuál cortesana?). Además de una impresionante Kathy Bathes, a Michelle Pfeiffer (una consecuencia de haber sido desterrada de la clase “A” de Hollywood) hay que aplaudirle la irónica (y dolorosa) desmitificación de sí misma que ejerce en “Cheri”. “Time is on your side”, cantarían otros irónicos ancianos a la aun guapísima Pfeiffer.
lunes, 1 de febrero de 2010
¿SPORTING O BARCELONA?
Uffff... qué dilema... no sé a quién le tengo más tirria
¿Sporting o Barcelona? Nunca sé quién quiero que pierda. Quietos. No me declaren la guerra y tampoco me vayan de dignos. Supongo que a ustedes les pase con el Real Oviedo-Real Madrid (les aseguro que esos partidos existieron, quizá en una dimensión paralela gobernada por Antonio Masip y sus monos voladores. Al teclear, me siento como Charlton Heston en el final de “El planeta de los simios”, “¡os maldigooo!”). Con tal de aclarar el cabezón, sigo el método del malvado “Dos Caras” de “Batman”. Agazapado en mi caverna, cojo un duro preconstitucional y lo lanzo al aire. Cara “franquil”, pierde el Sporting; cruz de pollo, pierde el Barça. No soy capaz de mirar. Intento pensar que la moneda se tropieza y termina bajo un armario. De pronto, se me ocurre imitar a Woody Allen en “Manhattan”: escribo dos listas de “Por qué me gustaría que ganase”. A ver. El Sporting: me mola mucho Gijón (¡ahí nacieron Arturo Fernández y Pipi Estrada!); me cae bien Preciado (¡el único entrenador con un muñeco que echa sidra! ¡puntazo!); han fichado a un serbio con nombre de moza (Lola es el nuevo Dana Andrews); y su fútbol se prueba, con su garra postadolescente (y Gregory y Diego Castro y Bilic…), como candidato a rondar puestos UEFA. El Barcelona: me mola mucho Barcelona; tienen un presidente bailongo (me lo imagino meneándose con “What is love” de Haddaway); Messi, Xavi e Iniesta; su entrenador ha recuperado el concepto “chaleco” de las zarpas de Alfonso Ussía; y, como a mí, les da por las ideas delirantes (creerse el fin de la historia del fútbol o el futuro deslumbrante de Korneiev).
Es divertido que un dilema para el que quitas tiempo de poder aguantar a tu familia lo resuelva un personal que no le tiene tirria ni al Barça ni al Sporting. Paradas Romero y su asistente. Este año, a Raúl, en una jugada similar en el Molinón, le pitan fuera de juego. A Pedrito, no. ¡Ay, cuánta simpatía despiertan los humanos con nombre en diminutivo: Manolín “El gitano”, Joselito, Toñin “El torero”! Entre la expulsión de Cristiano y las incontables ayudas al Barça, parece ser que vamos a necesitar algo más que un taconazo de Guti (nos preguntamos, ¿jugará bien dos partidos fáciles y se irá a bailar “Scatman” con Laporta?). Mientras que los “madridoviedistas” como yo no nos decidimos, (música siniestra, por favor) una misteriosa conspiración (¿Villar & Gaspart? ¿Fú Manchú? ¿SPECTRA?) sí sabe quien quiere que gane el Sporting-Barcelona, y la Liga. Una última idea delirante: igual les fastidiamos el plan.
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sábado, 30 de enero de 2010
SOBRE WOODY ALLEN, EN ONDA CERO, CON ANTONIO RICO.
Aquí teneis en dos partes, una charla con Arturo Téllez (Onda Cero) sobre Woody Allen. Ahí estamos Antonio Rico y este humano.
http://poderato.com/juanjomenendez/juanjo-tbrga
P.D. Gracias a Arturo por el podcast.
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INVICTUS
Director: Clint Eastwood
Intépretes: Morgan Freeman, Matt Damon, Bonnie Henna
Web: http://invictusmovie.warnerbros.com/
“No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones”. “El factor humano” (Seix Barral) de John Carlin recoge este consejo de Nelson Mandela que refiere a la manera de aunar al dividido pueblo sudafricano alrededor de una sola causa: la victoria de su selección en el Mundial de rubgy de 1995.
En su excepcional novela (o excepcional reportaje, habría que emparentarlo con el “Nuevo periodismo” de Tom Wolfe), Carlin opta por la razón. Con su escalpelo de periodista-protagonista (vivía en el país sudafricano en esa época), el inglés desgrana desde diversos ángulos, los quehaceres de reunificar pacíficamente a una nación rota. Le preocupa a “El factor humano” presentar hechos (aunque éstos escarben décadas previas, aunque éstos se salgan del discurso oficial) y “razonar” cómo Mandela, y su milimetrada mezcla de encanto y política (encanto político más política encantadora), consiguió juntar a enemigos irreconciliables con tal de moldear un futuro a Sudáfrica.
En cambio, adoptando la recomendación del ex – presidente sudafricano, Clint Eastwood apela a los corazones. “Invictus” no intenta mostrar la multiplicidad y la complejidad de los acontecimientos (objetivo reservado al reportaje periodístico) sino que apuesta por un relato de superación, arrimándose en fondo y formas a otras películas “épico-deportivas” (“Evasión o victoria” de John Houston, “Hoosiers” de David Anspaugh o, el paroxismo, “Campeón” de Franco Zeffirelli). Así, el Rugby monopoliza la cinta, estructurado por entrenamientos, partidos, negociaciones y contadas concesiones al laberíntico “statu quo” político (varias de ellas en un filo peligroso: esa trabajadora negra de un hogar blanco a la que sus jefes le regalan una entrada para ir en “familia” a disfrutar de la final). Suspende Eastwood los propósitos de Carlin (desaparecen las disgresiones temporales, salvo en una mirada superficial a la isla de Robben; desaparecen los personajes tangenciales: líderes “afrikaaners” y anti-apartheid) y circula por las dos figuras que simbolizan los planos esenciales de la novela: Nelson Mandela (un mimético Morgan Freeman, en “Su” papel), como ese mundo negro que busca el entendimiento, y François Pienaar (un dubitativo Matt Damon), el capitán de los Springboks, como esa nueva generación de blancos dispuestos a convivir en paz.
Pero no es la épica “per se” de “Invictus” el detonante que la desmerezca frente a la brillante filmografía de cineasta norteamericano. “Gran Torino”, “Banderas de nuestros padres” o “Un mundo perfecto”, contienen diferentes ejemplos de esa lucha individual contra los elementos que a Eastwood tanto le gusta y que a algunos sólo les gusta cuando acaba en derrota. El problema está en la (sobre)dosis de épica. Al desarrollar “Invictus”, Clint se asemeja a W. W. Beauchamp, el torpe biógrafo de Bob “El inglés” (Richard Harris) en “Sin perdón”. Sin una mínima distancia emocional que produzca personajes contradictorios (o sin un “Little” Big Dagget, o sin un John Carlin que le aleje de sus retratados) y en un siglo propenso a desautorizar a los héroes (hoy hasta Superman debe poseer un oscuro pasado), su película se ¿reduce? a un digno “pulp fiction” sobre un vaquero pacífico que salvó Sudáfrica con un revólver de pega, con un arma política de marca “Rugby”.
Intépretes: Morgan Freeman, Matt Damon, Bonnie Henna
Web: http://invictusmovie.warnerbros.com/
“No hay que apelar a su razón, sino a sus corazones”. “El factor humano” (Seix Barral) de John Carlin recoge este consejo de Nelson Mandela que refiere a la manera de aunar al dividido pueblo sudafricano alrededor de una sola causa: la victoria de su selección en el Mundial de rubgy de 1995.
En su excepcional novela (o excepcional reportaje, habría que emparentarlo con el “Nuevo periodismo” de Tom Wolfe), Carlin opta por la razón. Con su escalpelo de periodista-protagonista (vivía en el país sudafricano en esa época), el inglés desgrana desde diversos ángulos, los quehaceres de reunificar pacíficamente a una nación rota. Le preocupa a “El factor humano” presentar hechos (aunque éstos escarben décadas previas, aunque éstos se salgan del discurso oficial) y “razonar” cómo Mandela, y su milimetrada mezcla de encanto y política (encanto político más política encantadora), consiguió juntar a enemigos irreconciliables con tal de moldear un futuro a Sudáfrica.
En cambio, adoptando la recomendación del ex – presidente sudafricano, Clint Eastwood apela a los corazones. “Invictus” no intenta mostrar la multiplicidad y la complejidad de los acontecimientos (objetivo reservado al reportaje periodístico) sino que apuesta por un relato de superación, arrimándose en fondo y formas a otras películas “épico-deportivas” (“Evasión o victoria” de John Houston, “Hoosiers” de David Anspaugh o, el paroxismo, “Campeón” de Franco Zeffirelli). Así, el Rugby monopoliza la cinta, estructurado por entrenamientos, partidos, negociaciones y contadas concesiones al laberíntico “statu quo” político (varias de ellas en un filo peligroso: esa trabajadora negra de un hogar blanco a la que sus jefes le regalan una entrada para ir en “familia” a disfrutar de la final). Suspende Eastwood los propósitos de Carlin (desaparecen las disgresiones temporales, salvo en una mirada superficial a la isla de Robben; desaparecen los personajes tangenciales: líderes “afrikaaners” y anti-apartheid) y circula por las dos figuras que simbolizan los planos esenciales de la novela: Nelson Mandela (un mimético Morgan Freeman, en “Su” papel), como ese mundo negro que busca el entendimiento, y François Pienaar (un dubitativo Matt Damon), el capitán de los Springboks, como esa nueva generación de blancos dispuestos a convivir en paz.
Pero no es la épica “per se” de “Invictus” el detonante que la desmerezca frente a la brillante filmografía de cineasta norteamericano. “Gran Torino”, “Banderas de nuestros padres” o “Un mundo perfecto”, contienen diferentes ejemplos de esa lucha individual contra los elementos que a Eastwood tanto le gusta y que a algunos sólo les gusta cuando acaba en derrota. El problema está en la (sobre)dosis de épica. Al desarrollar “Invictus”, Clint se asemeja a W. W. Beauchamp, el torpe biógrafo de Bob “El inglés” (Richard Harris) en “Sin perdón”. Sin una mínima distancia emocional que produzca personajes contradictorios (o sin un “Little” Big Dagget, o sin un John Carlin que le aleje de sus retratados) y en un siglo propenso a desautorizar a los héroes (hoy hasta Superman debe poseer un oscuro pasado), su película se ¿reduce? a un digno “pulp fiction” sobre un vaquero pacífico que salvó Sudáfrica con un revólver de pega, con un arma política de marca “Rugby”.
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lunes, 25 de enero de 2010
VAN NISTELROOY, ESE (ANTI)HÉROE
¡Ruud, qué te clonen ya!
Un pequeño test previo. En Julio de 2006, cuando usted se enteró del fichaje de Van Nistelrooy, dijo: a) “El Manchester nos ha colocado a un viejuno de segundo de Ronaldo. Puñetero Calderón: jamás debió salir de Palencia”; b) “No me importa, a mí sólo me interesa mi equipo, el Barça. Este año con Rijkaard, Ronaldinho y Eto’o, ¡cae otra liga fijo!”; c) “¿Cómo se pronuncia Nistelrooy? Da igual. Aquí, en Villanueva del Trabuco, “pa no lianos”, le llamaremos “Van Gol””; d) “Ni idea. Prefiero mover el cucú con “Lo que pasó, pasó”, de Daddy Yankee y ver “Murcia, ¡qué hermosa eres!” en la tele”; e) “Cuando Van Nistelrooy abandone el Madrid, llevará un total de 64 goles en 97 partidos (una media de 0,66 goles por encuentro), nos habrá ayudado a ganar dos Ligas y una Supercopa, y habrá conseguido el Pichichi en su primera temporada en España”. Todos aquellos que hayan marcado la opción “e”, ruego contacten con LA NUEVA ESPAÑA: les regalaré un ejemplar firmado (por mí) de “Blessed”, la autobiografía de George Best, mi modelo a seguir en la vida. Ah, y si marcan la “d”, llámenme también: una murciana estrábica y yo somos los únicos fans de Daddy Yankee en España.
Vamos a ponernos (serios). Si se fijan en la cantidad y en la diversidad de opciones del test anterior, una cosa queda clara: no sabíamos qué iba a ocurrir con Van Nistelrooy. Fuese cual fuese su opinión en esos días, olvídense. Con el holandés estábamos tan equivocados como aquel “gremlin” blaugrana que trató de achantarme ese mismo verano diciendo “hemos fichado a Zambrotta, el mejor lateral de Europa”. Pobre hombre. VN ha simbolizado en el Madrid el arquetipo del anti-heroe. A pesar de que aterrizó con unas credenciales impresionantes de Manchester (y gracias a dos conflictos: con Ferguson y con nuestro poligonero favorito), de Van Nistelrooy se esperaba un paso mediocre de secundario. Hoy los números y las emociones que deja atrás aúllan lo contrario. Ruud es un héroe con habitación en el Olimpo blanco. Justo en un momento que necesitamos más que nunca un “killer”, la elección perfecta sería clonar un VN de veinticinco tacos. Él nos hizo ganar la Liga imposible de Capello (joder, cómo gritábamos esa tarde); él ha sido un profesional impecable; a él, en su marcha a Hamburgo, le dedicamos estos versos de Dylan de “Forever young”: “Ojalá que tus deseos se cumplan/ Y ojalá seas siempre joven”.
domingo, 24 de enero de 2010
RICKY
Director: François Ozon
Intérpretes: Alexandra Lemy, Sergi López, Marylin Eve
Web: http://www.rickylefilm.com/
François Ozon propone una irrupción mágica en su décima película: al bebé de una pareja de los suburbios (Alexandra Lemy y Sergi López) le crecen alas. En una realidad propia de cineastas sociales (Loach, un cierto Tavernier o León de Aranoa), el director francés incluye un elemento que se eleva del día a día de las cadenas de montaje, de los portales ajados de “graffiti” o de la paradoja de que sea tu niña la que te despierte de la depresión para ir a trabajar.
Sin embargo, a medida que avanza el filme, descubrimos que el discurso de “Ricky” no es de denuncia social sino que busca revolver los cajones de esa entidad informe y contradictoria llamada “familia de clase media”. La adaptación a nuevos miembros (el chiquillo volador, un chiquillo, al cabo; y el personaje de Sergi López) o la respuesta ante lo sobrenatural (algo desdibujada por elipsis arriesgadísimas) conviven con momentos íntimos y rutinarios que ayudan a Ozon a arrimar a ese conglomerado de cuatro seres diferentes (y chocantes) hacia el espectador.
Se valora el tiento del francés en los instantes más delicados de la película.
Cuando le veíamos próximo al Spielberg de “E.T.” (esa escena en el supermercado), Ozon da un giro inesperado y recupera sus (buenas) intenciones previas. Combina entonces, con habilidad de fabulador, las consecuencias del nacimiento de un “freak” insólito con las consecuencias del nacimiento de cualquier bebé (aquí se le agradece que se recree en los detalles, en los pañales rebosantes de mierda, en el cuidado de unas alas raspadas, en los celos de su hermana mayor). Su epílogo, ese de bautismo suicida que termina siendo detenido, como el cuchillo de Abraham, por un ángel, da pie a un horizonte y cierra un digno metraje.
Intérpretes: Alexandra Lemy, Sergi López, Marylin Eve
Web: http://www.rickylefilm.com/
François Ozon propone una irrupción mágica en su décima película: al bebé de una pareja de los suburbios (Alexandra Lemy y Sergi López) le crecen alas. En una realidad propia de cineastas sociales (Loach, un cierto Tavernier o León de Aranoa), el director francés incluye un elemento que se eleva del día a día de las cadenas de montaje, de los portales ajados de “graffiti” o de la paradoja de que sea tu niña la que te despierte de la depresión para ir a trabajar.
Sin embargo, a medida que avanza el filme, descubrimos que el discurso de “Ricky” no es de denuncia social sino que busca revolver los cajones de esa entidad informe y contradictoria llamada “familia de clase media”. La adaptación a nuevos miembros (el chiquillo volador, un chiquillo, al cabo; y el personaje de Sergi López) o la respuesta ante lo sobrenatural (algo desdibujada por elipsis arriesgadísimas) conviven con momentos íntimos y rutinarios que ayudan a Ozon a arrimar a ese conglomerado de cuatro seres diferentes (y chocantes) hacia el espectador.
Se valora el tiento del francés en los instantes más delicados de la película.
Cuando le veíamos próximo al Spielberg de “E.T.” (esa escena en el supermercado), Ozon da un giro inesperado y recupera sus (buenas) intenciones previas. Combina entonces, con habilidad de fabulador, las consecuencias del nacimiento de un “freak” insólito con las consecuencias del nacimiento de cualquier bebé (aquí se le agradece que se recree en los detalles, en los pañales rebosantes de mierda, en el cuidado de unas alas raspadas, en los celos de su hermana mayor). Su epílogo, ese de bautismo suicida que termina siendo detenido, como el cuchillo de Abraham, por un ángel, da pie a un horizonte y cierra un digno metraje.
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sábado, 23 de enero de 2010
NINE
Kate Hudson y su "hit" "Cinema Italiano"
El rentabilísimo regreso del musical a la pantalla grande de manos de “Evita” (Alan Parker, 1996) y, especialmente, de “Moulin Rouge” (Baz Luhrmann, 2001), marcó el fin de una época. Al siglo XXI no se acostumbran planos de más de tres segundos (se obvia, incluso, la “ley del pestañeo” de Walter Murch), ni coreografías que invadan los “sets” de la Metro, ni actores que bailen y canten “Makin’ whoopee”, “Luck to be a lady” o “You can count on me”. En su lugar, se imponen los videos musicales de larga duración: planos cortos, montaje frenético y postproducción grosera. ¿Qué se pierde? Algunos de los encantos del musical: la teatralidad, el esfuerzo interpretativo, el desgaste físico, la artesanía de los espacios cerrados… Y ¿qué se gana? Algunos de los encantos del séptimo arte: las elipsis, las metáforas visuales, los “flashbacks”, la espectacularidad de los espacios abiertos… Como se imaginarán, “Nine” (y “Chicago” y “Mamma mia!” y…) pertenece a esta nueva generación de películas musicales.
En el universo felliniano, no descubro nada, las canciones y la música invaden las maneras danzarinas de Giulietta Massina en “Ginger y Fred”, el “saltarello” tragicómico de “Amarcord” o el “backbeat” sátiro de “Ocho y medio”. A este último, de este último filme, aspira “Nine”. Basado en un libreto de 1982 estrenado en Broadway, el vídeo musical de Rob Marshall explora el bloqueo creativo de Guido (un inteligente Day-Lewis, alejándose de Mastroianni), encerrado por las féminas que poblaron su vida. Con desigual acierto (Kidman, un manifiesto error de “casting”), en sus actrices reside el atractivo de la película. Penélope Cruz y su (ella, sí) habilidad para mover el cuerpo (y masacrar la pantalla); Dench y su atrevimiento otoñal; la carnosa Hudson y sus modales de “pop star” (“Cinema italiano” suena a “hit”); y Fergie, en una Saraghina deslumbrante que resucita a la Eddra Gale original (paradójicamente, también estadounidense).
La distancia de “Nine” con “Ocho y medio” (o “Un día en Nueva York” o “Ellos y ellas” o…) no se encuentra en su trabajo actoral o en su concepción de lo que debe ser un musical. El largometraje de Rob Marshall, ya ocurría en “Chicago”, deja de importar a la media hora porque fundamenta su potencial en anécdotas de salida del cine (el número de Sofía Loren, la adicción postmoderna al “vintage” o el delicado diseño de vestuario de Colleen Atwood). Toca un experimento malvado: mezclen en una taza el blanco y negro de “Nine” (bicromático, monocorde, artificioso) con el blanco y negro de “Otto e mezzo” (salvaje, surreal, natural). No hace falta que les diga cuál de los dos se disuelve.
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