EL OSCAR DE PACINO

Y todo este reconocimiento mundial por un “remake” (muy libre) de “Profumo di donna”, una película italiana (y pequeñísima) de Dino Risi estrenada en 1974 y protagonizada por Vittorio Gassman. El director Martin Brest se topa con los derechos del filme en los ochenta y, desde el primer segundo, se obsesiona con Pacino. Pero el gran Pacino no quería saber nada, como admitió en el estrado de los Oscar. “Fue mi representante, Rick Nicita, el que me sugirió decidirme por este papel… bueno, me amenazó si no lo cogía porque, no me digan a qué se debía, yo no quería hacerla”, confiesa. Así, uno de los personajes más importantes de la carrera del actor italoamericano llegó a sus manos de una manera totalmente fortuita, casi con él mismo oponiéndose a aceptarlo. Frank Slade, el ciego bipolar que roba el metraje de “Esencia de mujer”, es un hombre preparado para suicidarse justo después de disfrutar los (mejores) últimos días de su vida. Una pena que aparezca un lazarillo inesperado, el universitario Charlie Simms (un imberbe Chris O’Donnell), junto al que dará un giro radical a su vida.
Los minutos de la cinta de Brest juegan siempre del lado de Pacino: un tango sensual que ya forma parte de la historia del cine; un “gag” impecable de un invidente conduciendo o un monólogo final que probablemente le haya adjudicado el Oscar, bastan a “Esencia de mujer”. Gracias a ellos, la película pasó a encallarse en el imaginario colectivo de los noventa y a elevar (¡aleluya, hermanos!) a Al Pacino a ese cielo que sólo habitan intérpretes como Marlon Brando, Jack Lemmon, Gary Cooper, John Wayne, Robert Mitchum o James Stewart. El de las leyendas del séptimo arte.
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