lunes, 15 de octubre de 2007

UN BLANCO RADIANTE

LA MALDICIÓN DE GREGORY PECK

Recuerdo una película que vi una vez sobre un hombre que cabalgaba a través del desierto. La protagonizaba Gregory Peck. Le disparó un chiquillo envalentonado que intentaba hacerse un nombre en el Oeste. La gente del pueblo atrapó al chaval y querían colgarle en la horca. (...) Entonces el pistolero, agonizando al sol, habló en su último aliento: «Suéltenlo, déjenlo ir, digan que me venció limpiamente. Quiero que sepa lo que es tener siempre la muerte cerca».
Los versos de Bob Dylan y Sam Shepard en la canción «Brownsville girl» cuentan la bellísima parábola que aparece en «El pistolero», un western dirigido por Henry King en 1950. Un hombre lanza una maldición terrible a su asesino. En vez de que la turba le mate a palos, Jimmy Ringo (Peck) hace que ese chiquillo ansioso de fama herede su papel de vaquero a batir. A partir de ese día, no podrá vivir tranquilo.
A Luis Aragonés sus predecesores le han lanzado la misma maldición. El único problema es que ya no es un adolescente impetuoso. Su entrada al cargo, llena de palabras rimbombantes y promesas no cumplidas, está acabando en la misma paranoia que Gregory Peck le prometía a su sucesor. Como el William Munny de «Sin Perdón», Luis vuelve a un trabajo que no debería haber aceptado nunca. Además, sería bueno que se diese cuenta de que no todo se arregla disparando al bulto (periodistas, aficionados...), pero eso pasa al tener siempre la derrota acechando. Irlanda, Suecia, Dinamarca... los equipos menores, en las temblorosas manos de Luis, convierten cada partido en «el partido decisivo». Y encima, con pose de vaquero chuleta, se atreve a vacilar a Raúl, una ausencia incomprensible de sus incomprensibles listas. «Dime los Mundiales y Eurocopas que hemos "ganao" con Raúl», pregunta el seleccionador con tono irónico a unos aficionados que le increpan. «Los mismos que contigo», tendría que responderle un chiquillo envalentonado. Quizás entonces, con ese disparo seco, Aragonés se diese cuenta de que lo mejor que podría hacer ya lo cantaba Bob Dylan en «Brownsville girl». Marcharse dignamente y dejar que a otro le asedie la derrota.

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